La inflación vuelve a complicar el tablero económico europeo. La tasa anual de la eurozona subió hasta el 3,2% en mayo, frente al 3% registrado en abril, según la estimación rápida de Eurostat. Es el dato más alto desde septiembre de 2023 y llega justo antes de la reunión del Banco Central Europeo prevista para el 11 de junio.
El repunte tiene un origen claro: la energía. Los precios energéticos aumentaron un 10,9% interanual, empujados por las tensiones en Oriente Medio y por el encarecimiento del petróleo. Para una economía como la europea, muy sensible al coste de la energía importada, este movimiento no es menor. Cada subida se traslada con rapidez a industrias, transporte y facturas domésticas.
El dato también vuelve a alejar a la inflación del objetivo del BCE, situado en el 2%. En abril, los precios ya estaban un punto por encima de esa referencia. Mayo añade más presión y deja menos margen a quienes defendían esperar antes de tocar los tipos de interés.
La inflación subyacente también repuntó hasta el 2,5%, tres décimas más que el mes anterior. Este indicador excluye energía y alimentos, los componentes más volátiles, y por eso preocupa especialmente a los bancos centrales. Cuando la subida de precios deja de concentrarse solo en la energía y empieza a filtrarse a otros servicios y bienes, el riesgo cambia de naturaleza.
La pregunta ahora es sencilla: ¿puede el BCE mirar hacia otro lado si el encarecimiento empieza a extenderse? Los perfiles más duros dentro de la institución creen que no. Para ellos, una subida de tipos en junio serviría para frenar el riesgo de que las expectativas de inflación se desanclen y para enviar una señal de firmeza a los mercados.
Olli Rehn, gobernador del Banco de Finlandia, ha defendido una lectura más prudente. Su posición apunta a que una subida en junio tendría un carácter preventivo, más cercano a una medida de aseguramiento que a una reacción frente a una inflación ya instalada de forma estructural. El matiz es importante: no todos los miembros del BCE ven el mismo nivel de urgencia.
Isabel Schnabel, miembro del Comité Ejecutivo del BCE, representa una línea más estricta. Su diagnóstico parte de que el shock energético ya no puede tratarse como un episodio aislado si empieza a afectar a las expectativas de precios. Para esta corriente, el debate no se limita a si habrá una subida en junio, sino a cuántos movimientos serán necesarios durante 2026.
El problema es que subir tipos tiene coste. Una política monetaria más restrictiva puede enfriar todavía más la economía europea, que ya muestra señales de debilidad. Según las últimas referencias disponibles, el crecimiento de la eurozona sigue siendo frágil, con una actividad que avanza a ritmo muy limitado. Si los precios suben y la economía se estanca, el fantasma de la estanflación vuelve a aparecer.
Ese es el equilibrio que debe gestionar el BCE: contener la inflación sin asfixiar el crecimiento. Una subida de tipos puede ayudar a proteger la credibilidad del banco central, pero también encarece el crédito para empresas y hogares. Hipotecas, préstamos corporativos e inversión empresarial suelen resentirse cuando el precio del dinero aumenta.
Los mercados ya dan por muy probable un movimiento en junio. Una encuesta de Reuters a economistas apunta a que el BCE elevaría la tasa de depósito hasta el 2,25% el 11 de junio, con otra posible subida más adelante si la inflación no cede. La evolución de la guerra con Irán y del precio de la energía será decisiva para calibrar los siguientes pasos.
Ronald Temple, estratega jefe de mercados de Lazard, interpreta que las actas de la reunión del BCE de finales de abril ya preparaban el terreno para un incremento de tipos. A su juicio, la subida de junio parece muy probable, aunque los movimientos posteriores dependerán de cómo evolucionen el conflicto y sus efectos sobre los precios.
El BCE llega así a una de sus reuniones más delicadas de los últimos años. La inflación vuelve a estar demasiado lejos del objetivo, pero la economía no ofrece un colchón cómodo. Subir tipos puede ser necesario para frenar los precios, aunque el riesgo de enfriar aún más Europa seguirá sobre la mesa.
