La misión Artemisa II encara su tramo final. Los cuatro astronautas de la nave Orion ya han dejado atrás la influencia gravitatoria de la Luna tras completar su paso por la cara oculta. Ahora ponen rumbo directo a la Tierra, con un amerizaje previsto en el Pacífico, frente a San Diego, durante la madrugada del sábado, según la NASA.
Salir de la esfera de influencia lunar no es solo un hito técnico. Marca un cambio claro en la misión. La gravedad terrestre vuelve a dominar y cada maniobra se orienta a preparar la reentrada. Es una fase menos visible que el sobrevuelo lunar, pero igual de exigente.
Durante el regreso, la tripulación se centra en probar sistemas que serán clave al volver a la gravedad. Uno de ellos es una prenda que se utiliza bajo el traje de supervivencia de Orion. Su objetivo es mantener la presión arterial y la circulación tras varios días en microgravedad. En términos prácticos, ayuda a evitar que el cuerpo falle en un momento crítico.
El problema que intenta resolver no es teórico. Algunos astronautas, tras estancias en el espacio, experimentan intolerancia ortostática. Eso puede traducirse en mareos o pérdida de equilibrio al ponerse de pie. La prenda aplica compresión en la parte inferior del cuerpo para reducir ese riesgo. Es un ajuste discreto, pero puede marcar la diferencia al salir de la cápsula tras el amerizaje.
A la vez, los astronautas realizan pruebas de pilotaje manual. Desde la ventana de Orion, seleccionan un punto de referencia y ajustan la orientación de la nave hasta colocarla con la parte trasera dirigida al Sol. Este tipo de maniobra permite comprobar cómo responden los sistemas de guiado, navegación y control en condiciones reales.
No es un ejercicio nuevo. Ya lo practicaron al inicio de la misión y durante otras fases operativas. Sin embargo, hacerlo en el regreso aporta otra capa de información. Las condiciones cambian y cada dato cuenta para futuras misiones.
Orientar la nave también tiene una función directa. Permite controlar la temperatura y gestionar mejor la energía disponible. Por ejemplo, mantener ciertas zonas protegidas de la radiación solar o asegurar que los sistemas reciben la energía necesaria. Son decisiones técnicas que impactan en la seguridad.
En paralelo, dentro de la cápsula se desarrolla otro trabajo menos visible. La tripulación y los equipos en tierra revisan procedimientos, reorganizan el interior y aseguran cada elemento. Todo el equipo debe quedar fijado antes de la reentrada y los asientos ajustados para soportar la desaceleración. Es una fase meticulosa en la que cada detalle cuenta.
Como parte de esta preparación, se ha descartado una prueba prevista inicialmente: la demostración del despliegue de blindaje. La decisión busca simplificar las operaciones y concentrarse en lo esencial. Menos tareas implica menos variables en un momento crítico.
La misión entra así en sus últimas horas en el espacio. El foco ya no está en la exploración, sino en el regreso seguro. Es un cambio de ritmo. Todo lo aprendido hasta ahora se pone a prueba en la reentrada.
¿Funcionará todo como está previsto cuando la cápsula atraviese la atmósfera? La respuesta llegará en el descenso final sobre el Pacífico, el punto donde termina el viaje y empieza la evaluación real de la misión.
