Pomelo acaba de cerrar una Serie C de 55 millones de dólares en un momento poco habitual para hacerlo. Mientras el capital riesgo se ha enfriado en buena parte de América Latina, la fintech especializada en infraestructura de pagos con tarjetas ha conseguido atraer a algunos de los fondos más relevantes del ecosistema global. Con esta operación, la compañía eleva a 160 millones de dólares el capital captado desde su fundación en 2021.
La ronda ha sido coliderada por Kaszek e Insight Partners, con la participación de inversores como Monashees, Index Ventures, Adams Street Partners, Endeavor Catalyst, S32 y TQ Ventures. No es solo una cuestión de nombres. El cierre llega tras un 2025 marcado por menos operaciones y tickets más contenidos en la región, lo que refuerza la lectura de Pomelo como una apuesta de convicción, no de inercia.
El destino del capital está claro. Pomelo quiere acelerar su crecimiento en América Latina y Centroamérica, reforzando especialmente México y Brasil, hoy sus dos mercados principales. Al mismo tiempo, la compañía prepara el terreno para una expansión internacional apoyada en nuevos productos que van más allá del procesamiento tradicional de tarjetas.
Uno de los ejes de esta nueva etapa será el lanzamiento de nuevos rieles de pago. Pomelo trabaja en soluciones diseñadas para operar sin fronteras, entre ellas una tarjeta global denominada en dólares y stablecoins, sistemas de pagos tokenizados y pagos en tiempo real pensados para integrarse con agentes basados en inteligencia artificial. No es un experimento teórico. La empresa parte de una base operativa ya consolidada.
Pomelo actúa como proveedor de infraestructura crítica para la emisión y el procesamiento de tarjetas de débito, crédito y prepago. Colabora directamente con redes como Visa y Mastercard y ofrece a sus clientes dos grandes líneas de servicio. Por un lado, una plataforma de procesamiento de transacciones. Por otro, un esquema de BIN sponsorship que integra procesamiento, cumplimiento normativo y soporte regulatorio. En la práctica, esto permite a fintechs, bancos o grandes empresas lanzar programas de tarjetas sin construir toda esa capa desde cero.
Ese enfoque ha facilitado un crecimiento transversal. En los últimos años, Pomelo ha ampliado su cartera más allá del ecosistema fintech regional. Hoy supera los 150 clientes activos, entre los que figuran bancos tradicionales como BBVA, Santander o Bancolombia, junto a empresas tecnológicas y financieras como PayJoy, Binance, DollarApp o Western Union. Es una señal clara de madurez: la infraestructura deja de ser solo para startups y empieza a ser adoptada por actores establecidos.
La estrategia de producto no se entiende sin el contexto regional. En América Latina, las tarjetas siguen siendo el principal medio de pago digital, pero el mapa se está fragmentando. Sistemas de pagos inmediatos como Pix en Brasil han ganado peso a gran velocidad. En paralelo, las stablecoins se han convertido en una alternativa real en países con inflación elevada, volatilidad cambiaria o restricciones al movimiento de capitales.
Pomelo quiere situarse justo en ese cruce. Uno de los desarrollos más ambiciosos es una tarjeta de crédito respaldada por stablecoins, inicialmente basada en USDC, que permitiría operar a escala global con liquidación en dólares digitales. Para un usuario en Argentina, México o Colombia, el caso de uso es directo: pagar con una tarjeta internacional sin exponerse a la moneda local ni a sistemas bancarios fragmentados.
Este tipo de producto también conecta con otra apuesta de fondo: la automatización. Pomelo está diseñando rieles de pago pensados para interactuar con sistemas de inteligencia artificial, donde agentes autónomos puedan ejecutar pagos, conciliaciones o cobros en tiempo real. No es un giro cosmético. Es una forma de preparar la infraestructura financiera para un escenario en el que el software no solo recomienda, sino que actúa.
La lectura estratégica es clara. Pomelo no quiere ser solo un procesador eficiente. Quiere convertirse en una capa de infraestructura financiera regional, capaz de adaptarse a tarjetas, pagos inmediatos, stablecoins y nuevas formas de automatización. En un mercado históricamente fragmentado, esa ambición tiene sentido, pero también exige capital, escala y ejecución.
Con esta Serie C, la compañía gana tiempo y músculo para intentarlo. El reto ahora no es tecnológico, sino de coordinación: integrar múltiples sistemas, regulaciones y hábitos de pago sin perder fiabilidad. Si lo consigue, Pomelo puede convertirse en uno de esos actores invisibles que no ve el usuario final, pero sin los cuales el sistema simplemente no funciona.
En un ciclo donde muchas fintechs ajustan expectativas, Pomelo ha decidido acelerar. Y lo hace apostando por el terreno más difícil: la infraestructura. Ahí es donde suelen construirse las ventajas duraderas.
