Una de cada cuatro personas en el mundo sigue sin acceso a internet pese al avance de la conectividad

El acceso a internet continúa siendo uno de los grandes retos globales en 2025. A pesar del avance sostenido de la conectividad en la última década, una de cada cuatro personas en el mundo sigue sin conexión, según los datos más recientes. La paradoja es evidente: nunca hubo tanta tecnología disponible y, al mismo tiempo, nunca fue tan visible quién se queda fuera.

La brecha digital ya no puede explicarse solo por la ausencia de infraestructuras. Hoy intervienen factores económicos, territoriales y formativos que limitan el uso real de la red. Tener cobertura no siempre significa poder conectarse ni, mucho menos, hacerlo con autonomía. Para millones de personas, internet sigue siendo un recurso lejano.

Según el informe Facts and Figures 2025 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, unos 2.200 millones de personas permanecen desconectadas. Frente a ellas, cerca de 6.000 millones sí utilizan internet de forma habitual. El desequilibrio es profundo: mientras en los países de altos ingresos más del 90% de la población está conectada, en las economías de bajos ingresos la cifra apenas alcanza el 23%.

La diferencia no es solo geográfica. También es social. En zonas rurales, la falta de redes fiables sigue siendo un obstáculo. En áreas urbanas, el problema suele ser el precio de los servicios o la ausencia de dispositivos adecuados. Un ejemplo habitual es el de familias que dependen de un único teléfono móvil para acceder a trámites, educación y empleo.

Conectarse no siempre es participar

La brecha digital va más allá del enchufe. La calidad de la conexión, el coste mensual, el tipo de dispositivo y las competencias digitales determinan si una persona puede integrarse de verdad en el entorno digital. Una conexión inestable o un plan de datos limitado no permiten estudiar en línea, hacer gestiones administrativas o acceder a servicios sanitarios digitales.

Este fenómeno se vuelve especialmente crítico cuando internet deja de ser una opción y pasa a ser una obligación. Cada vez más servicios públicos y privados se diseñan bajo la premisa de que todos están conectados. Y no es cierto.

España: cobertura casi total, uso desigual

España suele aparecer bien posicionada en los rankings de infraestructura. La cobertura de banda ancha ultrarrápida supera el 95% de los hogares, una cifra por encima de la media europea. Sin embargo, el acceso técnico no garantiza la inclusión digital.

El Informe del Estado de la Década Digital 2025 señala que solo el 66% de la población española cuenta con competencias digitales básicas. Eso deja a más de un tercio de la ciudadanía con dificultades para realizar tareas tan comunes como pedir una cita médica online, rellenar un formulario administrativo o gestionar una cuenta bancaria digital.

El problema se acentúa en personas mayores, hogares con bajos ingresos y colectivos en riesgo de exclusión. En muchos casos, la conexión existe, pero el conocimiento no. Y sin acompañamiento, la tecnología se convierte en una barrera más.

La brecha como desigualdad estructural

Desde la cooperativa de telecomunicaciones éticas Somos Conexión advierten de que la brecha digital ya es una forma estructural de desigualdad. Su coordinadora del proyecto Brecha Digital, Gemma Úbeda, insiste en que infraestructura no equivale a derecho garantizado si no se acompaña de políticas sociales y educativas.

El acceso real a internet implica:

  • Conexiones asequibles, no solo disponibles.
  • Dispositivos adecuados, más allá del móvil básico.
  • Formación práctica, adaptada al contexto de cada persona.

Sin estos elementos, la digitalización puede excluir en lugar de integrar.

Cuando lo digital se convierte en la única puerta

La administración electrónica, la educación online, la sanidad digital y la búsqueda de empleo dependen cada vez más de internet. Cuando estas vías se convierten en la única opción, quienes no dominan el entorno digital quedan automáticamente fuera.

Un ejemplo claro es la solicitud de ayudas públicas exclusivamente por vía telemática. Para alguien sin ordenador, sin conocimientos o con una conexión limitada, el proceso se vuelve casi inaccesible. La brecha digital refuerza así desigualdades previas ligadas a la edad, el nivel educativo o el lugar de residencia.

Más allá de cables y antenas

Desde Somos Conexión defienden una visión más amplia de la alfabetización digital. No se trata solo de aprender a usar una herramienta, sino de desarrollar una relación autónoma, crítica y segura con la tecnología. Esa capacidad es hoy tan básica como saber leer y escribir.

Los datos globales y nacionales apuntan en la misma dirección: el gran reto ya no es extender redes, sino garantizar que el acceso sea útil, asequible y comprensible para todos. Mientras millones de personas sigan al margen del entorno digital, la promesa de una sociedad plenamente conectada seguirá siendo incompleta. Y profundamente desigual.

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