El crecimiento acelerado de satélites comerciales en órbita baja empieza a convertirse en un problema tangible para la astronomía. Un estudio liderado por la NASA advierte de que una parte sustancial de las observaciones realizadas desde el espacio puede verse degradada por interferencias luminosas provocadas por el paso constante de estos dispositivos frente a los instrumentos científicos.
El análisis se centró en cuatro observatorios, dos ya operativos y dos en fase de desarrollo. Las estimaciones apuntan a que hasta el 40 % de las imágenes del Hubble podrían quedar afectadas, mientras que para el estadounidense SPHEREx el impacto rozaría el 96 %. Proyecciones similares se obtuvieron para el futuro observatorio europeo ARRAKIHS y para el telescopio chino Xuntian.
Las diferencias entre instrumentos responden, sobre todo, a factores técnicos. El campo de visión es clave: cuanto más amplio sea, mayor es la probabilidad de que un satélite cruce el área observada. En este punto, el Hubble queda relativamente menos expuesto gracias a su capacidad de observación más limitada frente a otros sistemas analizados.
De la contaminación terrestre al entorno espacial
Durante décadas, la contaminación lumínica se asoció casi exclusivamente a luces urbanas o infraestructuras terrestres que afectaban a observatorios en suelo firme. Hoy el problema ha cambiado de escala. La expansión de constelaciones de telecomunicaciones ha trasladado la interferencia directamente al espacio, alcanzando incluso a plataformas que operan fuera de la atmósfera.
Cuando un telescopio intenta registrar señales débiles de galaxias remotas, exoplanetas o asteroides, el paso de un satélite puede generar destellos o estelas luminosas que arruinan parcial o totalmente la captura. El resultado es la pérdida de datos valiosos y la repetición forzada de observaciones con tiempos limitados.
Un crecimiento sin precedentes
La presión sobre la órbita baja explica la magnitud del desafío. En 2019 operaban alrededor de 2.000 satélites en esta región. Hoy la cifra ronda los 15.000, impulsada por grandes despliegues destinados a ofrecer conexión global a internet y servicios de comunicaciones.
Las proyecciones citadas por el estudio van mucho más allá: los planes industriales contemplan la posibilidad de superar los 560.000 satélites en órbita baja a lo largo de la próxima década. Basta un dato para dimensionar el ritmo: en los últimos cuatro años se han lanzado más satélites que en las siete décadas previas juntas. ¿Puede la ciencia competir con semejante avalancha?
Cómo se midió el impacto
El equipo investigador empleó datos aportados por distintos operadores para simular las trayectorias completas de constelaciones de satélites, incluidos proyectos estadounidenses y chinos.
Esas simulaciones se cruzaron con las características técnicas de cada telescopio:
- Órbita y altitud de operación.
- Orientación durante las observaciones.
- Amplitud del campo visual.
- Sensibilidad a distintas bandas del espectro.
Con ello se contabilizaron los cruces efectivos y se evaluó la intensidad de la interferencia a partir del brillo registrado en cada paso.
Una interferencia multibanda
El problema no se limita a la luz visible. Los satélites reflejan radiación solar en sus estructuras y paneles, además de la luz procedente de la Luna y del resplandor de la propia Tierra, muy intenso desde la órbita baja. A esto se suma la emisión infrarroja generada por sus componentes electrónicos y la reflexión de ciertas ondas de radio.
El resultado es una afectación en múltiples rangos del espectro electromagnético, lo que amplía el problema más allá de una simple molestia estética en las imágenes.
Medidas que solo mitigan
El informe señala como posible paliativo situar los satélites a altitudes inferiores a las de los telescopios científicos, reduciendo las probabilidades de cruce directo durante las observaciones. Sin embargo, la propia investigación reconoce que se trata de una solución parcial frente al volumen de lanzamientos previstos.
Quedan relativamente protegidos los telescopios que operan en órbitas mucho más alejadas, como James Webb, Euclid o el futuro Nancy Grace Roman. Aun así, estos equipos concentran solo una fracción limitada de la capacidad global de observación y atienden programas muy concretos, con tiempos de uso estrictamente asignados.
Un desafío emergente para la ciencia
El estudio traza un nuevo frente para la exploración espacial: cómo compatibilizar la expansión comercial de la infraestructura orbital con la preservación de la observación científica. El entorno cercano a la Tierra se vuelve cada vez más congestionado, y la ciencia empieza a sufrir las consecuencias incluso fuera de la atmósfera.
La advertencia es clara: la congestión orbital no solo es un reto para la seguridad y el control del tráfico espacial. También amenaza la capacidad de la astronomía para observar el universo sin la interferencia directa de la actividad humana.
