Un exingeniero de SpaceX impulsa un cohete propulsado por agua y desafía el modelo tradicional de combustible espacial

El sector aeroespacial tiene un nuevo aspirante con una propuesta poco habitual. General Galactic, fundada por antiguos ingenieros de SpaceX y Varda Space Industries, trabaja en un sistema de propulsión basado exclusivamente en agua. Su primer objetivo es claro: lanzar un satélite de unos 500 kilogramos para validar la tecnología en órbita a finales de 2026.

La iniciativa surge en un momento de redefinición estratégica dentro de la industria. Durante la Super Bowl LX, Elon Musk anunció en X que la prioridad de SpaceX ya no es Marte, sino la construcción de una ciudad autosuficiente en la Luna. El movimiento coincide con la misión Artemis III, prevista para 2027, que marcaría el regreso de astronautas a la superficie lunar tras más de cinco décadas. El tablero se está reordenando.

En ese contexto, General Galactic apuesta por una vía alternativa: utilizar agua como base para sistemas de propulsión químicos y eléctricos. La compañía está liderada por Halen Mattison, exingeniero de SpaceX y actual consejero delegado, junto a Luke Neise, exintegrante de Varda y director tecnológico. Ambos cofundaron la empresa con una idea concreta: simplificar el combustible.

El satélite de demostración viajará en una misión compartida de un Falcon 9. Una vez en órbita, la misión, denominada Trinity, probará dos métodos distintos de propulsión hidráulica:

  • Sistema químico mediante electrólisis del agua para obtener hidrógeno y oxígeno y generar combustión
  • Sistema eléctrico donde el oxígeno se convierte en plasma y se acelera con campos magnéticos para producir empuje

En términos prácticos, el proceso químico funciona como un pequeño motor de cohete tradicional, pero partiendo de agua. El sistema eléctrico, en cambio, actúa más como un motor iónico, usando energía para acelerar partículas. La materia prima es la misma, el mecanismo cambia.

El agua ofrece ventajas frente a combustibles como el metano líquido. No necesita mantenerse a temperaturas criogénicas cercanas a -162 grados Celsius y reduce riesgos asociados a evaporación o explosiones accidentales por radiación solar. Es más estable y más fácil de almacenar. En el espacio, donde cada kilo cuenta, esa estabilidad importa.

Si Trinity demuestra que el sistema es viable, podría abrir nuevas posibilidades en maniobra orbital y repostaje en el espacio. Pensemos en satélites que ajustan su órbita sin depender de complejos depósitos criogénicos. En un entorno donde constelaciones como Starlink aumentan el número de lanzamientos, contar con alternativas de combustible más simples puede marcar diferencias operativas y económicas.

General Galactic no está sola en esta línea. La NASA ha señalado en varias ocasiones que uno de sus objetivos es recolectar hielo lunar para extraer oxígeno y utilizarlo como combustible. En 2023, la empresa japonesa Pale Blue lanzó un nanosatélite impulsado por vapor de agua. La idea ya no es ciencia ficción, es experimentación real.

A largo plazo, la visión de la startup va más allá de un satélite de prueba. Plantean crear una red de “gasolineras” espaciales donde las naves puedan repostar utilizando recursos locales, como el agua presente en otros cuerpos celestes. En paralelo, desarrollan Genesis, un sistema modular que captura CO2 y lo combina con hidrógeno para producir metano sintético.

La apuesta es ambiciosa. En un sector dominado por metano y queroseno, el agua introduce un enfoque distinto. ¿Puede algo tan simple desplazar décadas de ingeniería basada en combustibles tradicionales? La respuesta dependerá de la validación técnica y, sobre todo, de los números.

Por ahora, el experimento está en marcha. Y en la carrera espacial privada, quien reduzca costes y simplifique logística tendrá ventaja. El agua, tan común en la Tierra, podría convertirse en el recurso estratégico del espacio.

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