El consejero delegado de Palo Alto Networks, Nikesh Arora, ha puesto una cifra sobre la presión que la inteligencia artificial está generando en ciberseguridad: alrededor de un billón de dólares en infraestructura empresarial necesita modernizarse. CNBC recogió sus declaraciones en una jornada marcada también por los resultados trimestrales de la compañía. El argumento central es que muchas defensas corporativas fueron diseñadas para un tipo de amenaza menos automatizada, menos rápida y menos adaptable.
Palo Alto Networks presentó ingresos de 3.410 millones de dólares en su cuarto trimestre fiscal, por encima de las expectativas del mercado, y guió para un crecimiento sólido en 2027. MarketWatch, WSJ, Barron’s e Investors Business Daily destacaron el peso de la demanda de seguridad impulsada por IA y el crecimiento de su negocio de suscripción de nueva generación. La compañía también continúa integrando adquisiciones para ampliar su plataforma.
La tesis de Arora es que la IA no reduce la necesidad de ciberseguridad, la desplaza hacia sistemas más rápidos, integrados y capaces de responder en tiempo real. Los atacantes pueden usar modelos para escribir phishing más convincente, analizar vulnerabilidades, automatizar reconocimiento o generar variantes de código malicioso. Los defensores necesitan herramientas que correlacionen señales, prioricen alertas y ejecuten respuestas con menos intervención manual.
El problema es que muchas empresas siguen operando con capas acumuladas durante años: firewalls, herramientas de endpoint, sistemas de identidad, SIEM, protección cloud y soluciones de terceros que no siempre hablan entre sí. Esa fragmentación ya era costosa antes de la IA. Con ataques más veloces, puede convertirse en una debilidad estructural.
Palo Alto intenta posicionarse como plataforma unificada. La compañía ha defendido una estrategia de consolidación que busca agrupar funciones antes dispersas. Sus adquisiciones recientes, incluida CyberArk y operaciones en observabilidad y gestión de operaciones de IA, apuntan a esa dirección. El mercado premia el crecimiento, pero también vigila costes, integración y márgenes.
Para empresas medianas, la modernización no significa comprar todas las herramientas nuevas, sino reducir puntos ciegos y automatizar donde el equipo humano ya no llega. Un SOC saturado por alertas no mejora si se le añade otra consola. Mejora si prioriza incidentes, entiende contexto y corta accesos sospechosos antes de que el daño escale.
La advertencia tiene especial importancia para sectores regulados. Banca, energía, salud, transporte y administraciones públicas tendrán que demostrar no solo que tienen controles, sino que esos controles funcionan ante amenazas automatizadas. Marcos como NIS2 o DORA ya empujan en Europa hacia una ciberseguridad más operativa y menos documental.
También hay una lectura presupuestaria. Si las empresas modernizan infraestructura a la escala que Palo Alto anticipa, el gasto en seguridad competirá con inversiones en nube, datos y aplicaciones de IA. Los directivos tendrán que decidir qué proyectos aceleran productividad y cuáles reducen riesgo. En muchos casos, ambas cosas estarán conectadas: desplegar agentes sin reforzar identidad, permisos y monitorización puede multiplicar exposición.
La ciberseguridad entra en la era de la IA con una paradoja: la misma tecnología que ayuda a defender también eleva el listón de los ataques. Palo Alto tiene interés comercial en subrayarlo, pero el diagnóstico encaja con la evolución del mercado. La seguridad empresarial ya no puede tratarse como una capa final. Debe diseñarse al mismo tiempo que los sistemas de IA que la compañía quiere adoptar.
