H&M impulsa materiales textiles a partir de CO₂ con el apoyo a la startup Rubi

El grupo H&M Group ha decidido mover ficha en uno de los frentes más incómodos para la industria textil: el impacto ambiental. Su apuesta pasa por respaldar la tecnología de Rubi, una startup que transforma dióxido de carbono capturado en celulosa, base de fibras como el lyocell o la viscosa. No es un cambio menor. Supone intentar convertir emisiones industriales en materia prima.

El proceso combina biotecnología e inteligencia artificial. En concreto, utiliza enzimas optimizadas que aceleran la conversión del CO₂ en celulosa. Un ejemplo claro: gases emitidos por una planta industrial podrían acabar integrados en tejidos que terminan en tiendas. La idea es sencilla de entender, pero compleja de ejecutar. Y ahí está el punto crítico.

La compañía sueca ha participado en una ronda de financiación de 7,5 millones de dólares destinada a escalar esta solución. No está sola. Firmas como Patagonia y Walmart ya han probado estos materiales, lo que aporta una primera validación desde el mercado. Además, Rubi ha firmado acuerdos piloto y cartas de intención por valor de 60 millones de dólares en compras potenciales.

Estas son las señales que hoy marcan el avance del proyecto:

  • Financiación inicial para escalar producción
  • Pruebas con grandes compañías del sector retail
  • Interés comercial reflejado en acuerdos preliminares

El modelo de producción es otro de los elementos clave. Rubi plantea sistemas modulares que pueden instalarse cerca de los puntos donde se captura el carbono. Esto cambia la lógica habitual de la cadena de suministro. En lugar de transportar materias primas a largas distancias, la producción se acerca al origen del residuo.

Un ejemplo concreto: una planta industrial que emite CO₂ podría incorporar uno de estos módulos y generar celulosa in situ. Menos transporte. Menos intermediarios. Menor impacto logístico. Pero también nuevos desafíos operativos que todavía no están resueltos a gran escala.

Este movimiento encaja con los objetivos que H&M Group lleva años comunicando. Entre ellos, aumentar el uso de materiales reciclados y reducir emisiones en su cadena de valor. A esto se suma el uso de inteligencia artificial para ajustar la producción a la demanda real. El objetivo es reducir excedentes, uno de los problemas más visibles del sector.

La pregunta es inevitable: ¿puede esta tecnología escalar lo suficiente como para cambiar la industria, o se quedará en proyectos piloto?

Por ahora, el alcance va más allá de la moda. La celulosa es un material base en múltiples industrias, desde el papel hasta ciertos productos industriales. Si la tecnología funciona a gran escala, su aplicación podría extenderse. Si no, quedará como una solución interesante pero limitada.

El contexto juega a favor. La presión regulatoria aumenta. Los consumidores exigen más transparencia. Y las grandes compañías buscan alternativas que no dependan exclusivamente de recursos tradicionales. En ese escenario, propuestas como la de Rubi ganan relevancia, aunque todavía tengan que demostrar resultados sólidos en producción masiva.

Lo que sí parece claro es la dirección del cambio. La integración de biotecnología e inteligencia artificial en sectores tradicionales ya no es una excepción. Es una línea de trabajo activa. Y en el caso de la moda, donde el margen de mejora ambiental es amplio, este tipo de iniciativas empieza a marcar la agenda.

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