Los coches definidos por software prometen mejorar después de salir del concesionario, pero la industria todavía no sabe responder con precisión cuánto tiempo durarán sus capacidades digitales. CNBC ha planteado la pregunta a fabricantes y analistas en un momento en que la edad media de los vehículos en Estados Unidos alcanza 12,8 años y el precio de un coche nuevo ronda los 50.000 dólares.
La idea del vehículo conectado es atractiva. Actualizaciones remotas, diagnóstico a distancia, nuevas funciones de conducción, mejoras de interfaz y servicios personalizados pueden alargar la sensación de novedad. Rivian resume esa visión al decir que el coche menos capaz que tendrá un cliente es el del día de la compra, porque luego seguirá mejorando con software.
El problema aparece cuando el hardware envejece más rápido que la vida útil económica del vehículo. Un comprador puede aceptar que un teléfono deje de recibir mejoras tras varios años. En un coche, la expectativa de uso, financiación, reventa y seguridad es mucho más larga.
Los antecedentes ya existen. El apagado de redes 3G en 2022 dejó a millones de vehículos sin ciertos servicios conectados, como funciones de emergencia, navegación o infoentretenimiento, aunque los coches siguieran circulando. Tesla también ha tenido que explicar actualizaciones de hardware para clientes que esperaban capacidades avanzadas de conducción sobre ordenadores instalados años antes.
Sam Fiorani, de AutoForecastSolutions, sintetiza la inquietud al afirmar que la industria todavía no sabe cuánto durarán estos vehículos y que ya se observan problemas cuando el hardware no puede manejar software nuevo. En paralelo, fabricantes como Rivian intentan diseñar margen de capacidad para soportar entre siete y diez años de actualizaciones, según explicó su responsable de software a CNBC.
Para flotas y empresas, la duda no es estética: afecta al valor residual, al coste total de propiedad y a la planificación de mantenimiento. Una compañía que compra cientos de vehículos necesita saber si las funciones conectadas seguirán operativas cuando termine el contrato de renting o cuando el activo pase al mercado de segunda mano.
Europa ya ha regulado períodos mínimos de actualización para ciertos dispositivos electrónicos, pero el coche sigue siendo un caso más complejo. Mezcla seguridad física, piezas mecánicas, software propietario, conectividad móvil, sensores y relaciones entre fabricante, talleres y proveedores de servicios. Un fallo de soporte puede dejar obsoleta una función sin inmovilizar el vehículo, pero también puede reducir su valor de forma significativa.
El desafío para los fabricantes será comunicar promesas verificables. Decir que un coche mejora con actualizaciones es fácil; comprometer años de soporte, disponibilidad de piezas electrónicas, rutas de actualización y compatibilidad de funciones es mucho más exigente. También implica costes que alguien tendrá que asumir: fabricante, cliente, aseguradora o mercado de segunda mano.
La transición al vehículo definido por software no se frenará. Permite corregir errores, vender servicios, diferenciar modelos y recoger datos de uso. Pero el relato de mejora continua necesita una capa de confianza. Si los clientes sienten que compran un activo caro con fecha de caducidad digital incierta, la ventaja tecnológica puede convertirse en una objeción comercial.
