El euro digital acaba de superar uno de los filtros políticos más importantes en Bruselas. La Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo ha respaldado el reglamento que debe dar forma a la futura versión digital del dinero público europeo, una pieza clave para que el Banco Central Europeo pueda lanzar el proyecto en 2029.
La votación salió adelante con 43 votos a favor, 14 en contra y una abstención. El texto pasará ahora al pleno de la Eurocámara, donde está previsto que se vote a principios de julio. Si el calendario se cumple, la Unión Europea podría cerrar el marco regulatorio antes de que termine el año.
El movimiento no es menor. Europa quiere modernizar sus pagos, proteger el uso del efectivo y, al mismo tiempo, construir una infraestructura propia en un mercado dominado por operadores privados y extranjeros. En la práctica, el euro digital busca que ciudadanos y comercios puedan utilizar dinero emitido por el banco central también en entornos digitales, no solo billetes y monedas.
Un paso político que desbloquea el proyecto del BCE
La presidenta de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios, Aurore Lalucq, presentó la aprobación como un momento relevante para Europa tras confirmar que el euro digital quedaba adoptado en comisión. El respaldo parlamentario no supone todavía la aprobación definitiva, pero sí abre la puerta a la siguiente fase del proceso legislativo.
El Banco Central Europeo recibió la decisión de forma positiva. La autoridad monetaria considera que el acuerdo en comisión permite avanzar en el paquete de la moneda única, que combina la protección del efectivo en euros como medio de curso legal con la creación del euro digital. Su objetivo es que el Parlamento fije una posición final para iniciar las negociaciones de trílogos entre Parlamento, Comisión y Consejo.
El calendario también aprieta. Fuentes cercanas a las negociaciones apuntan a que el primer debate entre las tres instituciones podría celebrarse a mediados de julio, con la intención de aproximar posiciones antes de final de año. En el BCE, el proyecto tiene un alto valor simbólico: Piero Cipollone, miembro del comité ejecutivo encargado de esta iniciativa, aspira a poder anunciar la futura emisión el 1 de enero de 2027, coincidiendo con el 25 aniversario del euro.
La emisión, en cualquier caso, no sería inmediata. El BCE mantiene como horizonte 2029, siempre que el marco legal quede cerrado y los trabajos técnicos avancen según lo previsto.
Por qué Europa quiere un euro digital
El debate llega en un momento en el que la forma de pagar está cambiando rápido. El efectivo sigue siendo el método más utilizado en comercios físicos de la zona euro, pero pierde peso año tras año. En 2024 concentró el 52% de las transacciones presenciales, frente al 59% registrado en 2022 y el 79% de 2016.
Las tarjetas ya representan el 39% de las operaciones, mientras que los pagos con dispositivos móviles casi se han duplicado desde la pandemia. Si se mira el importe total, el cambio es todavía más visible: las tarjetas concentran el 45% del valor de los pagos presenciales, por encima del efectivo, que supone el 39%.
Para el BCE, la cuestión no es solo tecnológica. También es estratégica. Europa depende en buena medida de redes internacionales para liquidar sus pagos con tarjeta y de grandes plataformas tecnológicas para buena parte de los pagos móviles. Visa, Mastercard, Apple y Google son nombres centrales en esa cadena.
El dato que más pesa en Bruselas es claro: alrededor del 70% de las compras con tarjeta en la zona euro se liquidan a través de redes internacionales, según datos del BCE. Para una economía que busca reducir dependencias críticas, los pagos se han convertido en una infraestructura tan sensible como la energía, los chips o la nube.
De Libra a las stablecoins: el origen de la urgencia
El euro digital no nació de la nada. La idea empezó a ganar fuerza cuando Facebook anunció Libra, su proyecto de criptomoneda para facilitar pagos transfronterizos y operaciones en países en desarrollo. Aquella propuesta encendió las alarmas en las instituciones europeas por el peso potencial que una plataforma privada podía adquirir dentro del sistema financiero.
El proyecto de Facebook no prosperó como estaba planteado, pero dejó una pregunta abierta: qué pasaría si una gran tecnológica consiguiera colocar su propia moneda en millones de dispositivos y aplicaciones. Esa inquietud volvió con más fuerza con el auge de las criptomonedas y, sobre todo, de las stablecoins, activos ligados al valor de divisas tradicionales como el dólar o el euro.
La discusión ya no gira solo en torno a la eficiencia de los pagos. También afecta a la soberanía monetaria. En un escenario de tensiones geopolíticas y dependencia tecnológica, contar con una infraestructura europea de pagos se ha convertido en una prioridad para parte de Bruselas y del BCE.
El euro digital funcionaría como una capa pública dentro del ecosistema de pagos. No sustituiría al efectivo, pero sí ofrecería una alternativa oficial para operaciones digitales, especialmente en un entorno en el que cada vez más compras se cierran desde móviles, aplicaciones y plataformas conectadas.
Las dudas de la banca y el riesgo de fuga de depósitos
El avance del proyecto no ha estado exento de resistencias. Parte del debate se ha centrado en el impacto que el euro digital podría tener sobre los bancos comerciales. Las entidades financieras serán relevantes en la distribución del nuevo instrumento, pero también han mostrado preocupación por sus posibles efectos en el negocio.
La principal inquietud es la fuga de depósitos. Si los ciudadanos pudieran mover grandes cantidades de dinero desde sus cuentas bancarias hacia euros digitales emitidos por el BCE, una crisis de confianza podría acelerar salidas de liquidez del sistema financiero. Ese riesgo ha sido uno de los argumentos más repetidos por los críticos del proyecto.
El eurodiputado español Fernando Navarrete, ponente del reglamento, ha sido una de las voces más prudentes durante la negociación. Aunque ha moderado su postura con el avance del texto, defendía inicialmente que el euro digital debía funcionar como un plan alternativo si las soluciones privadas paneuropeas no eran suficientes.
Sus reservas conectan con el temor de la banca a que el nuevo instrumento reduzca márgenes, cambie la relación con los clientes y obligue a adaptar una infraestructura que ya compite con nuevos actores tecnológicos. Para una entidad financiera, un pago móvil no es solo una operación: también es información, relación comercial y oportunidad de ofrecer otros servicios.
La respuesta privada: un Bizum continental
El impulso político al euro digital ha acelerado, en paralelo, los movimientos del sector privado. La gran banca trabaja en una especie de Bizum continental, una plataforma europea de transferencias gratuitas que conectaría soluciones nacionales ya existentes y permitiría competir mejor frente al dominio de las redes estadounidenses.
La idea es sencilla: si Europa no quiere depender tanto de Visa, Mastercard o de las grandes tecnológicas, necesita alternativas propias que funcionen a escala continental. El problema es que el mercado europeo sigue fragmentado. Lo que en un país funciona con una aplicación bancaria nacional no siempre sirve de forma cómoda en otro Estado miembro.
Ese es uno de los puntos donde el euro digital gana peso político. Frente a una solución privada sujeta a acuerdos entre entidades, el BCE plantea una infraestructura pública con alcance europeo. Para sus defensores, esa diferencia importa porque el dinero digital no dependería únicamente de incentivos comerciales.
Los grupos parlamentarios favorables al reglamento han defendido que el proyecto refuerza la soberanía monetaria europea y beneficia a ciudadanos y pequeños comercios. También han puesto el foco en el peso de las grandes redes internacionales, que controlan un volumen de operaciones equivalente a una parte significativa de la economía europea.
Qué cambia ahora
El respaldo de la comisión parlamentaria no cierra el expediente, pero sí marca un antes y un después. El proceso entra ahora en una fase decisiva, con varios hitos por delante:
- Votación en el pleno de la Eurocámara prevista a principios de julio.
- Inicio de los trílogos entre Parlamento, Comisión y Consejo si el Parlamento fija posición.
- Cierre del marco regulatorio antes de finales de año si se mantiene el calendario.
- Preparación técnica del BCE con la emisión situada en el horizonte de 2029.
El euro digital avanza porque Europa quiere que el dinero público tenga presencia en la economía digital. También porque los pagos se han convertido en una cuestión de poder tecnológico. Lo que antes parecía un debate técnico entre bancos centrales, entidades financieras y legisladores empieza a tocar una pregunta mucho más amplia: quién controla la infraestructura con la que millones de europeos pagan cada día.
La respuesta todavía no está cerrada. Pero Bruselas acaba de mover una pieza clave.
