La conversación sobre inteligencia artificial se está partiendo en dos. Por un lado, buena parte de los expertos del sector sigue viendo en esta tecnología una fuente de progreso económico, mejoras en el trabajo y avances en ámbitos como la medicina. Por otro, crece una percepción mucho más fría entre la ciudadanía, que mira la IA con preocupación y la asocia cada vez más a empleo, costes y falta de control. Esa distancia aparece con claridad en el último informe anual de Stanford sobre la industria de la inteligencia artificial.
El diagnóstico no se apoya en una sola encuesta. El informe de Stanford cruza datos de distintas fuentes y dibuja una tendencia consistente: los expertos son bastante más optimistas que el público general sobre el impacto de la IA en los próximos años. La diferencia se aprecia tanto en la valoración general de la tecnología como en asuntos muy concretos, desde el empleo hasta la economía o la atención sanitaria.
Una de las cifras más ilustrativas procede de Pew Research. Solo el 10% de los estadounidenses afirma sentirse más entusiasmado que preocupado por el uso creciente de la IA en la vida diaria, mientras que entre los expertos en inteligencia artificial el tono es mucho más favorable. De hecho, el 56% de esos especialistas cree que la IA tendrá un efecto positivo en Estados Unidos durante las próximas dos décadas. La comparación no habla solo de distintas opiniones técnicas. Habla de prioridades distintas.
En la calle, la inquietud gira menos alrededor de la llamada inteligencia artificial general y más en torno a cuestiones muy prácticas. A mucha gente le preocupa si la IA reducirá puestos de trabajo, si alterará salarios o si encarecerá servicios básicos a medida que crezcan los centros de datos y el consumo energético. Es una preocupación menos futurista, pero mucho más pegada al día a día de millones de personas. Esa es una de las claves que ayuda a entender por qué el entusiasmo interno del sector no siempre encuentra eco fuera de él.
La brecha se vuelve todavía más visible cuando se analizan sectores concretos. En el ámbito de la atención médica, el 84% de los expertos consultados cree que la IA tendrá un impacto positivo en los próximos 20 años, frente al 44% del público estadounidense. En el terreno laboral, la distancia es todavía mayor: el 73% de los expertos cree que la IA mejorará la forma en que la gente hace su trabajo, pero solo el 23% del público comparte esa visión. Y en economía ocurre algo parecido: el 69% de los expertos anticipa un efecto positivo, frente al 21% de la población general.
Ese contraste no surge en el vacío. Casi dos tercios de los estadounidenses, un 64%, creen que la IA provocará menos empleo en los próximos 20 años, según los datos citados por Stanford a partir de Pew Research. Cuando una parte amplia de la población vincula una tecnología con menos oportunidades laborales, cuesta que el discurso sobre productividad o eficiencia resulte convincente. Un trabajador administrativo, un diseñador junior o un empleado de atención al cliente no evalúan la IA igual que un investigador o un fundador de una startup.
La desconfianza también alcanza a las instituciones. Estados Unidos aparece como el país con menor confianza en que su Gobierno regule la IA de forma responsable, con un 31%, muy lejos del 81% registrado en Singapur, de acuerdo con los datos de Ipsos recogidos por Stanford. Además, otro estudio citado por el informe concluye que el 41% de los encuestados en EE.UU. cree que la regulación federal de la IA se quedará corta, mientras que solo el 27% piensa que irá demasiado lejos. El mensaje es claro: mucha gente no teme únicamente a la tecnología, también teme que llegue sin controles suficientes.
La generación Z añade otra capa al debate. Según un estudio reciente de Gallup, el uso de IA entre los jóvenes se mantiene alto, pero su entusiasmo está cayendo. En Estados Unidos, el 51% de la Gen Z dice utilizar IA al menos una vez por semana, pero al mismo tiempo baja el porcentaje de quienes dicen sentirse ilusionados o esperanzados y sube el de quienes expresan enfado. Es una combinación llamativa: usar una herramienta con frecuencia no implica confiar en ella.
A escala global, el cuadro es algo más matizado. La proporción de personas que considera que los productos y servicios basados en IA ofrecen más ventajas que inconvenientes subió del 55% en 2024 al 59% en 2025, pero ese avance convive con un aumento de la inquietud. Quienes afirman que la IA les pone nerviosos pasaron del 50% al 52% en el mismo periodo. Es decir, la aceptación puede crecer y la ansiedad también. Ambas cosas pueden ocurrir a la vez.
Todo esto ayuda a entender mejor el momento actual. La industria de la IA sigue hablando en gran medida de capacidad, velocidad y potencial, mientras una parte creciente del público habla de empleo, control y consecuencias. No es una diferencia menor. Es una fractura de percepción que puede condicionar desde la regulación hasta la adopción real de estas herramientas en empresas, escuelas y servicios públicos.
El informe de Stanford no sugiere que la sociedad esté girando contra la IA de forma homogénea, pero sí deja una advertencia bastante clara: los expertos y la ciudadanía ya no están mirando la misma tecnología con los mismos ojos. Y cuando eso ocurre, el problema no suele ser solo técnico. También es político, económico y social.
