Pollen ha cerrado una ronda seed de 3,2 millones de euros para ampliar su red de intercambio de baterías para motocicletas y ciclomotores eléctricos. La startup nació en Lisboa y quiere resolver uno de los frenos habituales de la movilidad eléctrica ligera: el tiempo de recarga y la falta de infraestructura densa para flotas profesionales.
La operación ha sido liderada por Pale Blue Dot y Mustard Seed Maze, con participación de Kfund, Bynd Venture Capital, 4P Capital, Masia y varios business angels. Los fondos se destinarán sobre todo al despliegue de nuevas estaciones y al crecimiento comercial. La presencia de Kfund añade una lectura española a una compañía que mira a Europa desde Portugal.
El intercambio de baterías vuelve a ganar interés cuando se mira desde el uso intensivo, no desde el consumidor ocasional. Un repartidor, una empresa de última milla o una flota de mantenimiento urbano no calculan solo autonomía, sino minutos de parada, disponibilidad del vehículo y coste operativo por jornada.
Pollen opera actualmente tres estaciones automatizadas en gasolineras de Galp en Lisboa y prevé cerrar el año con entre 30 y 40 puntos activos. Su propuesta se basa en una batería compatible con vehículos de distintos fabricantes, lo que evita que cada marca tenga que construir un sistema cerrado. Si esa compatibilidad escala, la infraestructura gana sentido económico.
La compañía sostiene que cada sustitución puede hacerse en pocos segundos e incluye un diagnóstico automático del estado de la batería. Ese dato es relevante porque una red de baterías compartidas necesita controlar salud, ciclos y seguridad de cada unidad. Pollen habla de baterías diseñadas para completar alrededor de 1.200 ciclos de carga y con una segunda vida prevista en almacenamiento energético para la red.
El modelo tiene una dificultad evidente: exige invertir en hardware antes de que exista una base grande de vehículos compatibles. Las estaciones necesitan ubicaciones, mantenimiento, software de gestión, acuerdos con operadores y suficiente densidad para que el usuario no planifique cada trayecto alrededor de la batería. Es una apuesta de infraestructura, no solo una aplicación de movilidad.
Para ciudades españolas, la tesis de Pollen conecta con una pregunta práctica: cómo electrificar flotas sin llenar calles y garajes de cargadores lentos. El reparto urbano, las motos compartidas y los servicios técnicos pueden beneficiarse de un sistema donde cambiar batería sea tan previsible como repostar, siempre que la red tenga escala y precios claros.
La colaboración inicial con Galp muestra una vía posible para crecer: usar estaciones de servicio existentes como nodos de energía distribuida. Ese enfoque puede reducir fricción inmobiliaria y facilitar operaciones en corredores urbanos. También abre una conversación con fabricantes, porque la batería universal solo funciona si suficientes modelos aceptan el estándar.
Pollen no compite únicamente contra la recarga convencional. Compite contra la fragmentación del mercado, los costes de inventario energético y la incertidumbre sobre qué formato dominará en vehículos ligeros. La ronda no resuelve esas preguntas, pero le da margen para probar si Lisboa puede convertirse en un laboratorio ibérico de movilidad eléctrica con baterías compartidas.
