Eric Wu, cofundador y ex consejero delegado de Opendoor, ha vuelto a crear empresa con NavigateAI, una startup que quiere llevar copilotos de inteligencia artificial al trabajo físico de la construcción. La compañía salió oficialmente de modo sigiloso en mayo con 25 millones de dólares de financiación semilla y una valoración posinversión de 225 millones. Entre sus inversores figuran Elad Gil, Khosla Ventures, Fifth Wall, Lennar, Tishman Speyer, Helix Electric y varios fundadores conocidos de Silicon Valley.
NavigateAI nace en una intersección muy concreta: la IA necesita centros de datos, los centros de datos necesitan obras y las obras necesitan trabajadores cualificados. La escasez de mano de obra en construcción ya era un problema antes del auge de la IA generativa. Ahora se ha vuelto más visible porque los grandes campus de computación exigen miles de personas en obra, instalaciones eléctricas complejas y plazos cada vez más agresivos.
El producto de NavigateAI funciona en smartphones y, en modo manos libres, a través de gafas inteligentes de Meta. La idea es que un trabajador pueda mirar una instalación, hacer una pregunta en lenguaje natural y recibir asistencia sobre si una pieza está bien montada, si cumple especificaciones o qué indica un manual técnico. La plataforma puede consultar planos, documentación de fabricantes y políticas internas de la compañía.
El enfoque tiene sentido porque una obra no se parece a una oficina. Sacar el móvil, buscar un documento y leer una instrucción puede ser incómodo o peligroso cuando se trabaja con herramientas, altura o instalaciones eléctricas. Las gafas, si logran certificaciones de seguridad y una experiencia usable, podrían convertir la IA en una ayuda situada en el momento exacto de la tarea.
El valor no está en responder preguntas generales, sino en conectar la respuesta con el contexto específico de una obra, sus materiales y sus normas. Ahí NavigateAI intenta diferenciarse de un uso improvisado de ChatGPT o Google. Un error en campo puede generar retrabajo, retrasos, problemas de calidad o incluso responsabilidad legal. Por eso el producto tendrá que demostrar precisión, trazabilidad y límites claros cuando no tenga información suficiente.
La compañía también explora un modelo de negocio basado en valor creado. Si su software ayuda a reducir el coste de una vivienda o acelerar una instalación, capturaría una parte del ahorro. Ese esquema puede alinear incentivos, pero abre una discusión compleja: atribuir una mejora a un sistema de IA no siempre será evidente. El clima, la disponibilidad de materiales o la experiencia de la cuadrilla también influyen.
Otro reto será la adopción por parte de trabajadores con décadas de oficio. Los perfiles jóvenes pueden aceptar antes una capa digital en formación, pero la experiencia de los veteranos contiene precisamente el conocimiento que más enriquecería el sistema. NavigateAI trabaja con AIM, una escuela de instalación de fibra respaldada por Meta, para introducir el producto en etapas tempranas de formación.
Si la compañía logra confianza en campo, puede convertir cada tarea completada en datos valiosos para software y robótica. Ese archivo de vídeo y decisiones etiquetadas podría servir para entrenar sistemas que entiendan mejor cómo se construyen y mantienen activos físicos. La oportunidad es grande, pero también lo es la responsabilidad: en una obra, la IA no puede limitarse a sonar convincente. Tiene que ayudar sin poner a nadie en riesgo.
