El inicio de 2026 no llega con calma en el frente sanitario. La combinación de virus que mutan rápido, temperaturas más altas, mayor contacto entre humanos y animales y una movilidad global constante crea un terreno fértil para nuevas crisis. No es una hipótesis lejana, es un patrón que los expertos ya conocen.
En este contexto, los virólogos han puesto el foco en varios patógenos concretos. No todos son nuevos, pero sí presentan cambios que obligan a seguirlos de cerca. ¿Qué virus pueden marcar la agenda sanitaria este año?
Gripe aviar: el salto que nadie quiere ver
La influenza A sigue encabezando la lista de amenazas globales. Es un virus con alta capacidad de mutación y con muchos huéspedes animales, lo que le permite adaptarse y reaparecer. La pandemia de gripe H1N1 de 2009, originada en cerdos, causó más de 280.000 muertes en su primer año, una cifra que todavía pesa en la memoria científica.
En los últimos años, la atención se ha concentrado en el subtipo H5N1 de gripe aviar altamente patógena. Detectado en humanos por primera vez en 1997 en el sur de China, se ha expandido por el mundo gracias a aves silvestres migratorias. En 2024 dio un paso clave: fue identificado en ganado lechero en Estados Unidos y desde entonces se ha establecido en rebaños de varios estados.
Este salto de aves a mamíferos es el punto que más inquieta. Los estudios disponibles confirman múltiples transmisiones de vaca a humano, algo poco habitual hasta ahora. Durante 2026, los científicos vigilan un escenario concreto: que el virus adquiera la capacidad de transmitirse de forma sostenida entre personas, el requisito básico para una pandemia. Las vacunas antigripales actuales no parecen proteger frente al H5N1, aunque ya se trabajan formulaciones específicas.
Mpox: de brote puntual a virus global
El virus de la mpox, antes conocido como viruela del mono, fue identificado en los años cincuenta. Durante décadas se consideró raro y localizado, sobre todo en África subsahariana. Pese a su nombre, su principal reservorio son los roedores y solo ocasionalmente infecta a humanos.
La enfermedad provoca fiebre y una erupción cutánea dolorosa que puede durar semanas. Existen dos grandes variantes: el clado I, generalmente más grave, y el clado II, más leve. Hay una vacuna disponible, pero no existen tratamientos específicos.
Todo cambió en 2022, cuando el clado II desencadenó un brote mundial que alcanzó más de 100 países donde nunca se había detectado. La transmisión se produjo sobre todo por contacto estrecho entre personas. Aunque los casos bajaron, el virus ya no es local: se ha asentado a nivel global. Desde 2024, varios países de África central han notificado un aumento de casos del clado I. Y desde agosto de 2025, Estados Unidos ha registrado cuatro casos, incluidos pacientes sin viajes recientes a África, un dato que añade presión a la vigilancia en 2026.
Oropouche: un virus discreto que gana terreno
El virus Oropouche fue identificado en la década de 1950 en Trinidad. Se transmite por mosquitos y pequeños jejenes mordedores. La infección suele causar fiebre, dolor de cabeza y dolores musculares; los síntomas duran pocos días, aunque en algunos pacientes la debilidad se prolonga o reaparece tras la aparente recuperación.
Durante décadas, los casos se concentraron en la región amazónica. Desde principios de los años 2000, el virus ha ampliado su presencia a Sudamérica, Centroamérica y el Caribe. En Estados Unidos, los casos detectados suelen estar vinculados a viajeros que regresan del extranjero.
El problema es el vector. El insecto que transmite el virus está presente en amplias zonas del continente americano, incluido el sureste de Estados Unidos. Para 2026, los expertos prevén que los brotes sigan afectando a viajeros y no descartan una expansión mayor. No hay vacunas ni tratamientos específicos disponibles.
Otras amenazas que no desaparecen
Además de estos virus, hay otros focos activos bajo vigilancia constante:
- Chikunguña, con brotes recurrentes que afectan a distintas regiones y a viajeros internacionales.
- Sarampión, en aumento en Estados Unidos y a nivel global, en un contexto de caída de las tasas de vacunación.
- VIH, con riesgo de repunte por las interrupciones en la ayuda internacional, pese a la eficacia de los tratamientos actuales.
A todo esto se suma un factor incómodo: la posibilidad de que emerjan virus aún desconocidos, favorecidos por la alteración de ecosistemas y la presión humana sobre la naturaleza. La lección es clara. La vigilancia epidemiológica, junto con el desarrollo de vacunas y tratamientos, no es una opción, es la única forma de ganar tiempo frente a la próxima amenaza.
