La guerra legal entre gigantes de la inteligencia artificial suma un nuevo giro en Estados Unidos. Un tribunal federal de California ha desestimado, por ahora, la demanda presentada por xAI contra OpenAI por presunto robo de secretos comerciales. La decisión no cierra el caso, pero sí supone un golpe relevante para la compañía impulsada por Elon Musk.
El movimiento no es menor. En un sector donde el código y los datos valen miles de millones, una acusación de apropiación indebida puede alterar la percepción del mercado y la relación con los inversores.
El tribunal pone en duda la acusación
La jueza federal Rita Lin, con sede en San Francisco, concluyó que la demanda no logra sostener, en su forma actual, que OpenAI haya actuado de forma ilícita. Según su análisis, xAI no aportó hechos suficientes para demostrar que la empresa rival hubiera inducido a exempleados a llevarse información confidencial ni que esos trabajadores utilizaran secretos comerciales tras cambiar de compañía.
Dicho de forma directa: no basta con señalar el trasvase de talento, hay que probar el uso indebido de información protegida. Y esa prueba, a juicio del tribunal, no apareció en la demanda inicial.
La magistrada permitió a xAI reformular su reclamación y volver a presentarla dentro del plazo fijado. La puerta sigue abierta. Pero el mensaje es claro: las acusaciones deberán estar mejor fundamentadas si quieren prosperar.
Grok, exempleados y el foco en el código
La demanda, interpuesta en septiembre, giraba en torno a supuestas filtraciones vinculadas al código fuente de Grok, el chatbot desarrollado por xAI. La compañía sostenía que antiguos empleados habrían trasladado información confidencial al incorporarse a OpenAI.
El tribunal subrayó la ausencia de alegaciones concretas sobre la conducta directa de OpenAI. No se acreditó que la empresa hubiera promovido, solicitado o aprovechado un uso indebido de secretos comerciales. El foco judicial se centró en la falta de hechos específicos, no en conjeturas.
En paralelo, xAI mantiene una demanda independiente contra un exingeniero, Xuechen Li, al que acusa de haber sustraído tecnología sensible. En ese procedimiento, un juez le prohibió compartir información de xAI con terceros. OpenAI ha declarado ante el tribunal que esa persona no trabajó para la compañía y que nunca recibió ni utilizó secretos comerciales procedentes de xAI.
Mucho más que un litigio técnico
El caso no puede entenderse de forma aislada. Se enmarca en un enfrentamiento más amplio entre Musk y OpenAI, organización que el empresario ayudó a fundar y que hoy cuenta con el respaldo de Microsoft.
Musk mantiene otra demanda contra ambas entidades por la evolución de OpenAI hacia un modelo con fines de lucro. En ese proceso reclama hasta 134.500 millones de dólares en daños y perjuicios. La selección del jurado está prevista para finales de abril, lo que anticipa un procedimiento de alto perfil en pleno auge de la IA generativa.
OpenAI, por su parte, ha defendido que la demanda por secretos comerciales forma parte de una estrategia legal más amplia orientada a presionar a un competidor. La empresa sostiene que no existen pruebas de apropiación indebida y que las acusaciones carecen de base suficiente.
Talento, propiedad intelectual y presión competitiva
Más allá de los nombres propios, el litigio refleja una tensión estructural en la industria. La competencia por investigadores especializados es feroz. Cambiar de empresa puede implicar pasar de un equipo que entrena modelos fundacionales a otro que compite en el mismo segmento de mercado.
Las demandas por secretos comerciales se han convertido en una herramienta habitual para proteger activos intangibles. Pero esta resolución recuerda algo esencial: los tribunales exigen pruebas concretas sobre la conducta empresarial, no solo sospechas derivadas del movimiento de empleados.
Un respiro provisional para OpenAI
El desenlace dependerá de si xAI decide reformular su acusación y logra aportar nuevos elementos. De momento, el fallo representa un alivio para OpenAI en una etapa marcada por presión regulatoria, escrutinio público y una competencia cada vez más intensa en el ecosistema global de inteligencia artificial.
La batalla, en cualquier caso, está lejos de terminar. Lo que está en juego no es solo un chatbot, sino el control del talento, la propiedad intelectual y la narrativa en la carrera por liderar la próxima generación de modelos de IA.
