Antonio Banderas tiene 65 años y una preocupación concreta: el modelo económico del cine está cambiando. No habla desde la teoría, sino desde su propia experiencia. Mientras mantiene su vínculo con la gran pantalla, hoy está centrado en el teatro, donde siente que el terreno es más firme.
El pasado 20 de febrero participó en el reestreno de El camino de los ingleses en el cine Albéniz, cuando se cumplieron 20 años de su estreno. Es su segunda película como director. Allí explicó por qué su prioridad está ahora sobre las tablas: “Estoy muy apalancado en el teatro y probablemente por razones lógicas”.
Esas razones tienen nombre: Inteligencia Artificial. Y no como tendencia lejana, sino como propuesta real. El propio actor reveló que le ofrecieron participar en un proyecto generado con IA en el que utilizarían su imagen digital mientras él solo aportaría la voz.
“Me han ofrecido una película en IA. Es decir, usan mi imagen y yo lo único que tendría que hacer es poner mi voz. No sé si eso va a cuajar o no, pero el cine está en un momento muy definitivo”, declaró a Diario Sur. No es una hipótesis futurista. Es una oferta concreta sobre la mesa.
El punto más delicado, según Banderas, no es creativo sino financiero. La clave está en los costos. “En el momento que los estudios descubran que la tecnología le va a permitir hacer películas sin tener que pagar los precios que los actores íbamos cobrando, esto se ha acabado”, afirmó. La frase apunta directamente al corazón del negocio.
No plantea la desaparición del cine. Plantea la transformación de su estructura. “Se ha acabado un cine de determinada manera. Siempre habrá películas con gente de carne y hueso”, señaló. La distinción es importante: no cuestiona la existencia del medio, sino la forma en que se producirá y quién participará en él.
Ante ese escenario, el actor ha reforzado su apuesta por el teatro. Lo describe como un espacio difícil de sustituir por algoritmos o recreaciones digitales. “El refugio que yo he encontrado en el teatro tiene una razón de ser. El teatro va a vencer eso porque quedará siempre como un arte que tiene 3.000 años y que va a ser muy difícil vencerlo”, sostuvo.
Su reflexión va más allá de lo inmediato. “Habrá robots que no sabremos distinguir si son personas humanas. Mientras más vayan avanzando las tecnologías, más valor tendrá el arte en vivo”, añadió. Es una lectura clara: cuanto más perfecta sea la simulación, mayor será el atractivo de lo presencial.
Hoy su rutina respalda esa decisión. Está instalado en Madrid impulsando el musical Godspell, clásico de Broadway que estrenó el mes pasado en el Gran Teatro Pavón. Vive en un ático en la Milla de Oro, a pocos minutos del teatro. Esa proximidad le permite salir de una función y estar en casa en cuestión de minutos.
Su día a día es práctico y constante:
- Revisa por la mañana las notas de la función anterior.
- Ajusta detalles de dirección antes de los ensayos.
- Pasa la tarde completa entre pruebas y representación.
No hay grandes desplazamientos ni jornadas fragmentadas. También se le ve a primera hora haciendo deporte o caminando por los jardines de El Retiro, muy cerca de su domicilio. Es una rutina organizada en torno al escenario.
Banderas no dramatiza, pero sí marca un punto de inflexión. Si la tecnología permite replicar una imagen y reducir costos, la industria cambiará. Y cuando cambia la estructura de costos, cambia el equilibrio de poder.
Mientras ese debate avanza, él ha tomado posición. Escenario, público y presencia física. Para Banderas, ahí sigue estando el valor que ninguna simulación puede reemplazar.
