Castilla y León ha pasado de ser territorio de ensamblaje industrial a pieza central de la producción de drones militares en España. Las plantas de Valladolid y León fabricarán más de 1.500 aeronaves no tripuladas al año para el Ejército, repartidas entre vigilancia táctica, combate colaborativo y munición merodeadora. No es un anuncio menor. Es un cambio de escala.
La producción se articula en torno a tres tipos de sistemas con funciones muy distintas, pero un mismo destino: reforzar las capacidades militares en un contexto donde los drones ya no son un complemento, sino un eje operativo. Desde vigilancia prolongada hasta ataques selectivos, la industria regional se adapta a un nuevo escenario.
El primer modelo es el ‘Tarsis’, un dron de clase 1 desarrollado por la empresa española Aertec. Las fábricas producirán al menos 120 unidades al año. Está diseñado para misiones largas y exigentes. Puede transportar hasta 12 kilos de carga útil y mantenerse en vuelo durante 12 horas seguidas, un dato clave en operaciones de vigilancia persistente.
Se trata de un sistema aéreo no tripulado compacto, con un peso cercano a los 95 kilos. Integra control automático en todas las fases del vuelo y admite múltiples configuraciones de sensores. Por ejemplo, puede operar con respaldo satelital o activar un sistema de recuperación de emergencia con paracaídas si surge una incidencia. Vuela a 15.000 pies de altitud y mantiene una velocidad de crucero de unos 100 kilómetros por hora, lo que lo hace adecuado para reconocimiento y apoyo táctico.
El segundo gran pilar de la producción es el ‘Valero’, un dron diseñado íntegramente por Indra. Se fabricarán 200 unidades al año, con una división clara de tareas industriales: montaje en León y fabricación de motores en Valladolid. Es un sistema concebido para adaptarse a distintas misiones sin cambiar de plataforma.
El ‘Valero’ funciona como un vehículo aéreo multipropósito ligero. Su arquitectura modular permite integrar distintas cargas útiles según el escenario operativo. El sistema no se limita al dron en sí. Incluye un lanzador de superficie configurable, un segmento terrestre para planificación y control y los equipos de apoyo necesarios para su despliegue.
Una de sus claves es la flexibilidad operativa. Puede utilizarse como sistema desechable o recuperable y lanzarse tanto desde tierra como desde el aire. Esto permite operar con varios aparatos de forma coordinada, algo especialmente relevante en misiones donde el número de unidades y el coste por sistema marcan la diferencia. ¿La consecuencia directa? Más opciones tácticas sin exponer plataformas tripuladas.
El volumen más alto de producción llegará con la munición merodeadora, de la que se fabricarán 1.200 unidades al año. Son los conocidos como drones kamikaze, diseñados para patrullar una zona, esperar y atacar solo cuando se identifica un objetivo concreto. No se trata de un ataque inmediato, sino de presencia prolongada en el área.
El Ministerio de Defensa no ha detallado qué modelo exacto se fabricará en Castilla y León. Sí se sabe que serán aeronaves compactas, con alas anchas y perfil optimizado para este tipo de misiones. Estos sistemas permiten reaccionar rápido ante objetivos que aparecen durante breves periodos y reducir el riesgo para activos de alto valor, como aviones tripulados o bases avanzadas.
Además, ofrecen una ventaja operativa clara: el ataque puede abortarse si cambian las condiciones. Esa capacidad de decisión en tiempo real introduce un mayor control sobre el uso de la fuerza, incluso en escenarios complejos.
Toda esta producción se integra en el plan industrial de Indra para Castilla y León, que prevé una inversión de 40 millones de euros hasta 2027. El despliegue incluye varios hitos concretos:
- Construcción del centro de producción de drones en León
- Ampliación de las capacidades de ingeniería
- Apertura de un nuevo centro de ingeniería en Valladolid
- Puesta en marcha de una planta específica para motores de drones
El impacto no es solo tecnológico. El plan contempla un crecimiento del 85% de la plantilla, hasta alcanzar 1.350 empleos en 2027. A esto se suman actuaciones en modernización de instalaciones, desarrollo y retención de talento y refuerzo de iniciativas ligadas a la gestión de emergencias y la protección de infraestructuras.
Con este despliegue, Castilla y León deja de ser un actor secundario y se consolida como nodo industrial clave en la producción de drones militares en España. Una industria silenciosa, pero decisiva, que ya no mira al cielo como límite, sino como objetivo.
