La industria textil lleva años buscando una salida a una contradicción cada vez más evidente. El cashmere es una de las fibras más valoradas del mercado, pero también una de las más problemáticas desde el punto de vista ambiental. Producción limitada, presión sobre ecosistemas frágiles y una demanda que no deja de crecer. En ese contexto aparece Everbloom, una startup estadounidense que propone una alternativa incómoda para el sector: replicar el cashmere sin animales, a partir de residuos y con ayuda de inteligencia artificial.
La empresa ha desarrollado una fibra biodegradable con tacto, aislamiento y suavidad similares al cashmere, utilizando desechos ricos en queratina y un sistema propio de IA aplicado a ciencia de materiales. No se trata de un experimento de laboratorio, sino de un proceso diseñado desde el inicio para escalar a nivel industrial y encajar en cadenas de producción ya existentes.
Un problema estructural que va más allá del lujo
El cashmere procede del subpelo de determinadas razas de cabras que producen cantidades muy limitadas cada año. Para aumentar la oferta, muchas explotaciones han intensificado la cría, especialmente en regiones de Asia Central. El resultado es conocido: sobrepastoreo, degradación del suelo y pérdida de biodiversidad, además de una caída progresiva en la calidad media de la fibra.
La presión no viene solo del consumo de lujo. El cashmere se ha democratizado y aparece cada vez más en prendas de precio medio. Esa combinación de demanda creciente y recursos finitos ha convertido a la fibra en un cuello de botella para marcas y proveedores. ¿Cómo seguir produciendo sin seguir degradando?
IA aplicada a fibras, no a marketing
La respuesta de Everbloom no pasa por sustituir un material por otro ya conocido, sino por diseñar fibras desde cero. Su sistema, denominado Braid.AI, utiliza modelos de inteligencia artificial para ajustar propiedades físicas y químicas durante el proceso de creación del material.
La IA trabaja sobre variables concretas:
- Resistencia y durabilidad
- Elasticidad
- Suavidad al tacto
- Capacidad de aislamiento térmico
El objetivo no es copiar una fibra existente, sino alcanzar un comportamiento funcional equivalente al cashmere tradicional. Por ejemplo, lograr que una prenda conserve calor sin perder ligereza, uno de los rasgos más apreciados del material original.
Residuos como materia prima, no como subproducto
La base del proceso son residuos con alto contenido en queratina, una proteína estructural presente en fibras animales. En una primera fase, Everbloom utiliza descartes procedentes de:
- Granjas de lana y cashmere
- Molinos textiles
- Proveedores de plumón
A medio plazo, la compañía prevé incorporar plumas de pollo, uno de los residuos orgánicos más abundantes de la industria alimentaria. Hoy, gran parte de ese material termina incinerado o en vertederos. Aquí se convierte en insumo.
Este enfoque permite atacar dos problemas a la vez: reducir residuos y disminuir la dependencia de materias primas vírgenes.
Pensado para fábricas reales, no para prototipos
Uno de los aspectos más relevantes del proyecto es su enfoque industrial. Everbloom no ha diseñado un proceso que requiera maquinaria exótica o instalaciones experimentales. Las fibras se producen mediante extrusoras y sistemas de hilado convencionales, similares a los que ya se utilizan para fibras sintéticas.
La inteligencia artificial ajusta tanto la formulación del material como las condiciones de fabricación. Con la misma infraestructura, la empresa puede generar:
- Fibras equivalentes al poliéster
- Sustitutos de lana
- Materiales con tacto y comportamiento tipo cashmere
Esto reduce las barreras de adopción para fabricantes y marcas, un factor clave en un sector extremadamente sensible a los costes y a los márgenes.
Biodegradable desde el diseño
La sostenibilidad no se limita al origen del material. Las fibras desarrolladas por Everbloom están compuestas exclusivamente por materiales biodegradables. Actualmente se encuentran en fase de pruebas aceleradas para evaluar su degradación al final de su vida útil.
Este punto es especialmente relevante en un sector señalado por la generación de residuos persistentes y microplásticos, derivados del uso masivo de fibras sintéticas. Aquí, la biodegradabilidad no es un añadido posterior, sino una condición de partida.
Precio competitivo, no solo discurso verde
Uno de los mensajes más claros de la startup es que no busca posicionarse como una alternativa de nicho o de lujo sostenible. El uso de residuos como materia prima y la compatibilidad con infraestructuras existentes permiten plantear un coste competitivo frente a fibras tradicionales.
La sostenibilidad, en este caso, no se presenta como un sobreprecio, sino como una optimización del proceso productivo. Menos dependencia de recursos escasos, menos residuos y mayor flexibilidad industrial.
Más allá del cashmere
Aunque el foco mediático está puesto en el sustituto del cashmere, la plataforma de Everbloom es más amplia. Su sistema permite trabajar con algodón, lana y fibras equivalentes al poliéster, lo que abre la puerta a aplicaciones en moda, textil hogar o incluso sectores técnicos.
En un contexto de mayor presión regulatoria y exigencias ambientales crecientes, este tipo de soluciones apunta a un cambio profundo en cómo se diseñan los materiales. No se trata solo de reciclar mejor, sino de repensar qué fibras usamos y de dónde vienen.
La pregunta ya no es si la industria textil puede cambiar. Es si puede permitirse no hacerlo.
