El Reino Unido ha vuelto a colocarse en el centro del capital riesgo europeo. Las startups británicas captaron 17.000 millones de dólares en el primer semestre de 2026, el doble que en el mismo periodo del año anterior, según cifras de Dealroom y HSBC Innovation Banking recogidas por The Times. La inteligencia artificial explica la mayor parte del salto: las compañías de IA levantaron 12.600 millones, casi tres cuartas partes del total.
La cifra sitúa al Reino Unido con el 39% de toda la inversión europea en startups, por delante de la suma de Francia, Alemania, Suecia y Suiza. La financiación británica muestra que el capital europeo sigue concentrándose donde hay una mezcla creíble de ciencia, mercado, talento financiero y capacidad de escalar empresas globales. Londres mantiene peso, pero el impulso también llega de universidades, laboratorios y hubs especializados.
Entre las grandes operaciones del semestre aparecen nombres asociados a la nueva infraestructura de IA y ciencia computacional. Isomorphic Labs, la compañía de descubrimiento de fármacos surgida del entorno de Google DeepMind, levantó 2.100 millones de dólares en mayo. Nscale, centrada en centros de datos, obtuvo 2.000 millones. Wayve, enfocada en conducción autónoma, captó 1.200 millones. Ineffable Intelligence protagonizó una de las mayores rondas semilla europeas con 1.100 millones.
El dato tiene varias lecturas. La primera es positiva: Europa puede producir y financiar compañías de ambición global cuando se juntan tesis potentes y capital internacional. La segunda es más incómoda: el dinero se concentra con fuerza en IA, lo que puede dejar menos margen para sectores menos de moda pero igualmente necesarios, desde software industrial hasta salud digital, clima o ciberseguridad.
The Times apunta además a un problema estructural: solo el 16% de las grandes rondas contó con inversores domésticos. Ese detalle revela una dependencia persistente de capital extranjero en las fases de crecimiento. El Reino Unido crea startups, pero aún necesita atraer fondos internacionales para escalar las más grandes. Esa dependencia no es negativa por sí misma, aunque puede desplazar centros de decisión y condicionar salidas a bolsa o adquisiciones.
Para España, la comparación con Reino Unido es útil porque no basta con celebrar récords de inversión: importa en qué fases se invierte, quién lidera las rondas y cuántas compañías pueden seguir creciendo sin venderse demasiado pronto. El ecosistema español ha mejorado en volumen y calidad, pero todavía lucha por fondos de crecimiento capaces de acompañar operaciones de cientos de millones.
El auge británico también confirma el papel de la IA como categoría transversal. No hablamos solo de chatbots o herramientas de productividad. Las rondas más grandes conectan IA con biología, infraestructura energética, centros de datos, movilidad autónoma y modelos fundacionales aplicados a industrias concretas. Ese patrón favorece a ecosistemas que combinan investigación profunda con clientes corporativos dispuestos a comprar.
Hay riesgo de burbuja, por supuesto. Cuando tres de cada cuatro dólares se dirigen a IA, algunas valoraciones pueden adelantarse demasiado a ingresos reales. Las empresas tendrán que demostrar capacidad de convertir modelos, datos y computación en contratos sostenibles. Los fondos, por su parte, deberán separar ciencia defendible de proyectos que solo añaden una capa de IA a un mercado ya saturado.
El primer semestre británico deja una conclusión clara para Europa: el capital está disponible cuando la oportunidad parece suficientemente grande. La pregunta es si otros países podrán construir sus propias ventajas o quedarán como proveedores de talento para hubs más financiados. En la carrera de la IA, la financiación no lo decide todo, pero sí decide quién puede permitirse entrenar, contratar y esperar el tiempo suficiente para ganar.
