Una empresa estadounidense ha lanzado un servicio de videollamadas con una inteligencia artificial que recrea a Jesús y cobra 1,99 dólares por minuto. La propuesta, desarrollada por la compañía californiana Just Like Me, se dirige sobre todo al público cristiano evangélico y permite mantener conversaciones en varios idiomas, rezar y retomar intercambios anteriores gracias a la memoria del sistema.
La idea llama la atención por el cruce entre tecnología, negocio y religión. Hasta hace poco, la inteligencia artificial se asociaba sobre todo a tareas de productividad, atención al cliente o generación de contenidos. Ahora también empieza a entrar en un terreno mucho más delicado: la experiencia espiritual. Y ahí la reacción ya no depende solo de si la herramienta funciona bien, sino de hasta qué punto resulta legítimo convertir una figura sagrada en un producto de pago.
Según la información difundida sobre el servicio, el usuario puede hablar con esta versión artificial de Jesús por videollamada y pagar 1,99 dólares por minuto, o bien 49,99 dólares al mes por un paquete de 45 minutos. La plataforma sostiene que el sistema recuerda conversaciones previas, aunque también se ha señalado que la sincronización labial del avatar todavía presenta limitaciones visibles. Es decir, la tecnología busca cercanía, pero todavía deja ver costuras.
Ese detalle no es menor. Cuanto más humana pretende parecer una IA, más importante se vuelve la sensación de autenticidad que transmite. En un contexto religioso, esa percepción pesa todavía más. No es lo mismo usar una aplicación para consultar un pasaje bíblico que mantener una conversación cara a cara, aunque sea en pantalla, con una figura que representa a Jesucristo.
El proyecto está impulsado por Chris Breed, consejero delegado de Just Like Me, una empresa que también comercializa otros perfiles de inteligencia artificial, como entrenadores de desarrollo personal o empresarios de éxito. En su planteamiento, el vínculo emocional con el avatar es una parte central del producto. Según explica, el usuario acaba generando cierto apego hacia la IA y una sensación de relación continuada.
Ahí está una de las claves del modelo. La empresa no vende solo minutos de conversación, vende una experiencia de compañía, cercanía y escucha personalizada. Y eso, aplicado al terreno religioso, abre una discusión especialmente sensible. Para algunos creyentes puede ser una herramienta de apoyo o reflexión. Para otros, una banalización de la fe envuelta en lenguaje tecnológico.
La compañía asegura que esta IA ha sido entrenada con la Biblia del rey Jacobo y que su apariencia física está inspirada en Jonathan Roumie, el actor conocido por interpretar a Jesús en la serie The Chosen. Esa elección no parece casual. La imagen de Roumie resulta muy reconocible para una parte del público cristiano contemporáneo, especialmente en Estados Unidos, y aporta al avatar una referencia visual ya asentada en el imaginario de muchos espectadores.
Además, la fotografía promocional difundida en la web de la empresa lleva la marca de agua de Grok, la inteligencia artificial generativa vinculada a X, la red social de Elon Musk. Ese detalle añade otra capa al asunto: detrás de una propuesta presentada como experiencia espiritual aparecen también herramientas comerciales, licencias visuales y una cadena tecnológica claramente identificable.
Cuando se le preguntó por su función, esta versión artificial de Jesús respondió que considera la IA una herramienta útil para ayudar a las personas a explorar las Escrituras. La comparación que utiliza el sistema es reveladora: se presenta como una lámpara que ilumina el camino mientras se camina con Dios. Es una formulación hábil, porque evita colocarse como sustituto de la fe, pero sí se ofrece como acompañamiento.
Aun así, el crecimiento de este tipo de productos ya está generando inquietud incluso dentro de comunidades religiosas y tecnológicas. El negocio de la IA religiosa está creciendo en Estados Unidos, con propuestas que van desde monjes budistas virtuales hasta asistentes espirituales para creyentes católicos o perfiles de inspiración hindú. No se trata de un caso aislado, sino de una tendencia que intenta llevar la lógica conversacional de la IA a la vivencia de la fe.
Frente a ese avance, algunos expertos intentan fijar límites básicos. Uno de ellos es Cameron Pak, ingeniero de software y cristiano, que ha trabajado en una serie de criterios para evaluar aplicaciones dirigidas a creyentes. Entre esos principios hay dos especialmente relevantes.
- La aplicación debe identificarse de forma clara como inteligencia artificial.
- No debe inventar, alterar ni deformar los textos sagrados.
El planteamiento de Pak parte de una advertencia sencilla, pero importante. Una IA puede ayudar a consultar, ordenar o presentar información religiosa, pero no puede rezar en lugar de una persona ni sustituir una experiencia espiritual real. En sus palabras, no está viva. Y ese límite, que puede parecer evidente, se vuelve difuso cuando el producto se diseña precisamente para parecer cercano, cálido y casi humano.
Ese es probablemente el punto más delicado del debate. La tecnología puede facilitar el acceso a contenidos religiosos, responder dudas o acompañar una lectura bíblica. Pero cuando adopta el rostro, la voz y el papel simbólico de una figura como Jesús, deja de ser solo una herramienta y entra en una zona mucho más compleja. Ahí aparecen cuestiones éticas, teológicas y también comerciales.
Porque, al final, esta propuesta convierte una figura central del cristianismo en una experiencia de consumo medida por tiempo de uso. Hablar con Jesús, en este caso, tiene tarifa por minuto. Y esa simple idea basta para explicar por qué el proyecto despierta tanta curiosidad como incomodidad. No solo plantea hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, sino también qué espacios de la vida humana deberían quedar fuera de su lógica de producto.
