Un reto privado, dinero y drogas: la muerte en directo que sacude al ‘streaming’ español

La muerte de Sergio Jiménez Ramos, ‘streamer’ de 37 años conocido como Sancho o Sssanchopanza, ha reabierto un debate incómodo sobre los límites del entretenimiento online y los incentivos económicos que lo empujan. El fallecimiento ocurrió la noche de fin de año en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) durante una retransmisión privada en la que el creador de contenido consumía alcohol y cocaína como parte de un desafío planteado por su audiencia, según adelantó El Periódico de Catalunya. No era un directo abierto. Era una sala cerrada, de pago.

La emisión se realizó mediante una videollamada restringida a personas que habían aportado dinero. A cambio, proponían pruebas concretas. Los Mossos d’Esquadra han abierto una investigación y el cuerpo ha sido sometido a autopsia para esclarecer las causas exactas de la muerte. El foco no está solo en lo ocurrido esa noche, sino en el sistema que lo hizo posible.

Un modelo de donaciones que eleva el riesgo

En los últimos meses, Jiménez había ganado visibilidad por su relación con Simón Pérez, un influencer activo desde 2017 y conocido por su modelo de directos basados en donaciones y retos. Tras los hechos, Pérez realizó un directo en el que relató la información que, según su versión, le había llegado. Aseguró haber advertido de los riesgos asociados a determinadas cantidades y afirmó haber hablado con el hermano del fallecido.

Más allá de nombres propios, el caso expone un ecosistema de incentivos: dinero a cambio de conductas extremas. Cuando el pago depende de la intensidad del reto, el listón sube. Y con él, el peligro. ¿Quién pone el freno cuando el siguiente ingreso exige ir un paso más allá?

Directos cerrados, control mínimo

El circuito donde se movían estos contenidos no era público. Tras ser expulsado de varias plataformas, Pérez trasladó su actividad a encuentros privados por videollamada, conocidos como “meets”. El acceso se organizaba a través de Telegram y requería pago previo, con cuotas que iban de 40 a 120 euros.

En esas salas se proponían desafíos que luego se fragmentaban y difundían en redes abiertas como YouTube o TikTok por terceros. El objetivo era atraer a nuevos participantes a los canales privados. Jiménez entró en ese entorno en octubre y, poco después, creó su propio grupo replicando el mismo esquema. Un ejemplo concreto: clips breves con momentos de tensión o consumo circulaban fuera; el contenido completo quedaba tras el muro de pago.

Presión colectiva y anonimato

Alrededor de estos grupos se formó un entramado difícil de rastrear. Usuarios anónimos, múltiples salas, mensajes efímeros. Algunas conversaciones a las que han accedido distintos medios reflejan coordinación de donativos y presión para aceptar pruebas cada vez más arriesgadas. El anonimato diluye responsabilidades y acelera dinámicas de grupo.

Fuentes policiales confirman que se analiza el rastro de los donativos y la posible responsabilidad de terceros en la organización del reto. También se ha conocido que Jiménez se encontraba en tratamiento psiquiátrico, un dato relevante para entender la vulnerabilidad del contexto, sin convertirlo en explicación única.

Un precedente inquietante

Este es el primer caso conocido en España de una muerte vinculada a un reto retransmitido en directo. Ocurre pocos meses después del fallecimiento del francés Raphaël Graven en circunstancias similares. La repetición no es casual. Señala un patrón: espacios cerrados, incentivos económicos directos y ausencia de moderación externa.

Lo que queda por aclarar

La investigación deberá determinar responsabilidades y encajes legales. Mientras tanto, el debate social ya está en marcha. Hay preguntas que no admiten demora:

  • ¿Quién responde cuando el contenido se produce fuera de las plataformas tradicionales?
  • ¿Cómo se controla un sistema de pagos privados que premia el riesgo?
  • ¿Dónde está el límite entre consentimiento y presión económica?

El fallecimiento de Sergio Jiménez pone en primer plano los costes reales de ciertos modelos de monetización digital. Cuando el espectáculo depende del daño, el desenlace deja de ser una sorpresa. Es una consecuencia.

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *