Microsoft ha informado de un aumento aproximado del 25% en sus emisiones de gases de efecto invernadero durante el último ejercicio fiscal, según su nuevo informe de sostenibilidad recogido por WIRED. La compañía atribuye el incremento principalmente a la expansión de su infraestructura de centros de datos, una pieza central de la carrera por la inteligencia artificial.
El dato importa porque Microsoft es una de las empresas que más ha vinculado su estrategia de crecimiento a la IA. Azure, Copilot, acuerdos con OpenAI y nuevos centros de cómputo forman parte de una misma apuesta. Esa apuesta exige electricidad, refrigeración, suelo, equipos y cadenas de suministro. La IA empresarial no vive en la nube como una abstracción: vive en edificios que consumen energía y requieren contratos industriales cada vez más grandes.
La compañía mantiene su objetivo de ser carbono negativa en 2030, pero la distancia entre discurso y ejecución se estrecha. Microsoft afirma que ha igualado el 100% de su consumo eléctrico con fuentes libres de carbono, aunque también reconoce que el despliegue de centros de datos aumenta la demanda de recursos. WIRED recuerda además que la empresa ha cerrado acuerdos relacionados con instalaciones alimentadas por gas, lo que puede complicar sus metas futuras.
El caso no es aislado. Google y Amazon también han comunicado aumentos recientes de emisiones asociados a infraestructura digital. Las grandes tecnológicas compran renovables, firman acuerdos de energía limpia y financian proyectos de captura o compensación, pero la velocidad de expansión de la IA está superando muchos planes climáticos previos. El mercado pidió modelos más capaces y baratos. La consecuencia es una presión física sobre redes eléctricas y comunidades locales.
Para empresas españolas que compran servicios de IA, la noticia tiene una lectura práctica. El coste de una herramienta no se limita a la licencia mensual. Puede incluir riesgos de cumplimiento, huella ambiental en informes ESG y dependencia de proveedores con estrategias energéticas distintas. La sostenibilidad tecnológica dejará de ser una diapositiva corporativa y empezará a entrar en compras, auditorías y contratos de nube.
También se abre una oportunidad para infraestructura europea. Si la demanda de cómputo sigue creciendo, habrá espacio para centros de datos ubicados cerca de energía renovable, con mejor eficiencia hídrica y más transparencia sobre emisiones reales. España puede competir en parte de ese mercado por su capacidad renovable, aunque deberá resolver permisos, red eléctrica y aceptación local.
El problema es que la industria todavía mide peor de lo que presume. Las compensaciones, certificados y metodologías de alcance pueden ocultar diferencias importantes entre consumo contratado y energía física disponible. Microsoft ha empezado a alejarse de algunos certificados renovables criticados por su baja adicionalidad, una decisión que mejora rigor pero expone más emisiones. La transparencia puede empeorar la foto a corto plazo, aunque sea necesaria para tomar decisiones serias.
La carrera de la IA entra así en una etapa de madurez incómoda. No bastará con entrenar mejores modelos. Habrá que demostrar que la infraestructura que los sostiene es económicamente rentable, ambientalmente defendible y socialmente aceptable.
