El boom de la inteligencia artificial ya no se entiende solo mirando a los grandes modelos generativos. OpenAI, Anthropic, Google DeepMind o Nvidia siguen marcando el ritmo del sector, pero la riqueza empieza a repartirse en otras capas menos visibles: datos, infraestructura, medicina, derecho y agentes de programación.
La nueva ola de fortunas tecnológicas no nace únicamente de crear el próximo gran chatbot. También surge de resolver problemas muy concretos para empresas que quieren usar IA de forma real. Etiquetar datos especializados, desplegar aplicaciones, automatizar tareas legales o asistir a médicos en sus consultas se ha convertido en un negocio multimillonario. ¿Dónde se está creando ahora el valor? Cada vez más, en las piezas que permiten que la IA funcione fuera del laboratorio y llegue a sectores concretos.
Mercor convierte el etiquetado de datos en un negocio de 10.000 millones
Uno de los casos más llamativos es Mercor, fundada por Brendan Foody, Adarsh Hiremath y Surya Midha. Los tres se conocieron en un debate de instituto y más tarde dejaron la universidad para entrar en la Beca Thiel, el programa impulsado por el cofundador de PayPal que concede 250.000 dólares a jóvenes que abandonan sus estudios para crear una empresa.
La compañía nació como una plataforma de reclutamiento, pero encontró su verdadero crecimiento al girar hacia el etiquetado de datos para OpenAI y Anthropic. Ese cambio le permitió contratar perfiles especializados, como médicos, ingenieros y guionistas, para entrenar modelos de IA en áreas concretas.
El salto fue enorme. Según los datos, Mercor pasó de ingresar 100 millones de dólares en 2025 a 1.000 millones a principios de 2026, con una valoración de 10.000 millones de dólares. Ese crecimiento sitúa la fortuna estimada de cada fundador en torno a los 1.900 millones de dólares.
Vercel, la infraestructura que permite desplegar aplicaciones de IA
La IA necesita modelos, pero también necesita herramientas para construir y lanzar productos. Ahí entra Vercel, una de las compañías que representa la capa técnica de esta nueva economía.
Su fundador, Guillermo Rauch, es un inmigrante argentino y programador autodidacta. Aprendió inglés leyendo manuales de software mientras se formaba como desarrollador. A partir de una herramienta pensada para equipos técnicos, convirtió Vercel en una plataforma rentable dentro del ecosistema de creación de aplicaciones.
El patrimonio estimado de Rauch supera los 1.900 millones de dólares. Su caso refleja la idea de que la inteligencia artificial también crea riqueza en la infraestructura que permite llevar productos al mercado, no solo en los modelos que generan texto, imágenes o código.
OpenEvidence lleva la IA al trabajo médico
El sector sanitario también empieza a formar parte de esta segunda ola. OpenEvidence, fundada por Daniel Nadler, se ha posicionado como un asistente de IA para el ámbito médico.
Nadler ya tenía experiencia construyendo empresas tecnológicas. En 2018 vendió Kensho, una plataforma de análisis financiero, a S&P Global por 550 millones de dólares. Con OpenEvidence, trasladó parte de esa lógica al sector sanitario mediante una herramienta que acumula más de 100 millones de consultas.
La compañía casi cuadruplicó su valoración en seis meses hasta alcanzar los 12.000 millones de dólares. Ese avance elevó el patrimonio estimado de Nadler hasta los 7.200 millones de dólares a comienzos de 2026.
Harvey automatiza tareas legales con IA
El sector legal es otro de los grandes campos de aplicación. Harvey, fundada por el abogado Winston Weinberg y el investigador de IA Gabe Pereyra mientras compartían piso, desarrolla herramientas para automatizar tareas jurídicas.
Su tecnología se utiliza para investigación legal, redacción de documentos y revisión de contratos. Es decir, trabajos que consumen muchas horas en despachos y departamentos jurídicos. El nombre de la herramienta procede del protagonista de la serie de abogados Suits. Harvey se ha convertido en uno de los agentes de IA más utilizados en empresas y bufetes. Cada uno de sus fundadores cuenta con una fortuna estimada de 1.600 millones de dólares.
Reflection AI entra en la carrera de los agentes que programan
Otro mercado en plena expansión es el de los agentes de IA para desarrollo de software. Reflection AI trabaja en sistemas capaces de programar, depurar y comprender código con un alto grado de autonomía.
Sus fundadores, Ioannis Antonoglou y Misha Laskin, poseen una fortuna estimada de unos 4.000 millones de dólares cada uno. Antonoglou ya formó parte del equipo que desarrolló AlphaGo, el modelo de Google DeepMind que logró vencer a humanos en el juego Go.
La compañía compite en uno de los terrenos más disputados de la IA actual: herramientas capaces de acelerar el trabajo de los equipos de programación y reducir tareas repetitivas dentro del desarrollo de software.
La segunda ola de la IA se mueve lejos del foco habitual
La primera gran explosión de riqueza vinculada a la inteligencia artificial se asoció a grandes nombres del sector tecnológico, como Jeff Bezos, Jensen Huang o Dario Amodei, y al avance de plataformas, chips y modelos generativos.
Ahora el mapa empieza a ampliarse. La IA ya no crea valor solo donde se entrenan los modelos. También lo hace en los datos que los alimentan, en la infraestructura que permite desplegarlos, en las herramientas que automatizan tareas profesionales y en los productos especializados para sectores como la salud o el derecho.
Esta segunda generación de startups muestra que el negocio de la inteligencia artificial no depende de una sola carrera. Se está fragmentando en múltiples mercados, cada uno con sus propios ganadores. Y algunos de esos fundadores ya están construyendo fortunas comparables a las de los grandes nombres de la tecnología.
