Modal Motors quiere fabricar motores para drones y robots sin depender de tierras raras chinas

Robot pequeño sobre una mesa en un laboratorio tecnológico

Modal Motors quiere resolver un problema que afecta a drones, robots y equipos industriales: la dependencia de imanes de tierras raras, una cadena de suministro dominada en gran parte por China. La startup, fundada por Michael Van Steenburg, desarrolla motores eléctricos que prescinden de esos materiales y busca competir en sectores donde peso, eficiencia y disponibilidad son críticos.

TechCrunch sitúa a la empresa dentro de Startup Battlefield 200, el escaparate de startups que competirá en Disrupt. La propuesta de Modal no se limita a fabricar en Estados Unidos. Su argumento es que reubicar producción sin cambiar el diseño mantiene una vulnerabilidad si los motores siguen necesitando imanes de tierras raras.

La empresa ataca un punto sensible de la robótica moderna: muchos productos avanzados dependen de materiales cuya disponibilidad puede convertirse en una decisión geopolítica. China ya ha usado restricciones sobre productos de tierras raras como herramienta de presión, y la creación de una cadena alternativa en Occidente puede tardar años.

Modal trabaja en dos líneas. La primera es un motor pequeño para drones, ventiladores, sopladores y actuadores, diseñado para maximizar densidad de par y eficiencia con baja masa. La segunda es más experimental: el Hybrid Enigma Drive, un motor plano pensado para espacios de perfil bajo donde un diseño convencional no encaja bien.

Van Steenburg llega al proyecto con experiencia en automoción y motores eléctricos. Según TechCrunch, pasó años desarrollando motores en Norteamérica y en los años noventa trabajó en un sistema híbrido para un proyecto chino conocido como “People’s Car”. Esa trayectoria da contexto a su obsesión actual por evitar dependencia externa.

La oportunidad comercial es amplia, pero difícil. Los motores eléctricos están en drones comerciales, maquinaria ligera, robots móviles, sistemas de climatización, vehículos y equipos médicos. Cambiar un componente central exige demostrar rendimiento, fiabilidad, coste, capacidad de fabricación y compatibilidad con diseños existentes.

En deep tech, una buena tesis de soberanía industrial no basta si el producto no supera a la alternativa en el taller. Los compradores pueden valorar una cadena de suministro más segura, pero no sacrificarán autonomía de vuelo, potencia, duración o precio si el motor no responde.

El movimiento refleja una tendencia mayor. La reindustrialización tecnológica ya no se reduce a chips. También incluye baterías, motores, sensores, imanes, materiales avanzados y electrónica de potencia. Cada capa importa cuando se quiere escalar robótica, defensa, drones agrícolas o automatización industrial sin quedar expuesto a interrupciones externas.

Para Europa, el caso Modal funciona como advertencia. La autonomía estratégica requiere startups capaces de rediseñar componentes, no solo fábricas que ensamblen piezas importadas. España, con tejido industrial en automoción, energía, aeroespacial y maquinaria, podría encontrar oportunidades si conecta capital deep tech con clientes industriales reales.

La promesa de Modal es pequeña en apariencia, un motor, pero apunta a una cuestión grande: quién controla los componentes que hacen posible la próxima ola de robótica. Si la startup logra fabricar a escala sin tierras raras, su valor no estará solo en el rendimiento técnico. Estará en reducir una dependencia que cada año pesa más en la economía digital y física.

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