Waymo ha levantado parte del velo sobre el cerebro de sus robotaxis. La compañía de Alphabet detalló el sistema de computación de su nueva generación Ojai, incluida una pieza clave: un ASIC personalizado de 5 nanómetros diseñado para procesar datos de sensores con baja latencia. Según TechCrunch y The Verge, el sistema supera los 1.000 TOPS, una cifra que lo coloca en el rango de los procesadores automotrices más avanzados para conducción autónoma.
La lectura empresarial es directa: Waymo no solo compite por tener mejores algoritmos, sino por reducir el coste unitario de cada coche autónomo. En robotaxis, el software importa, pero el hardware determina cuánto cuesta desplegar una flota, cuánta energía consume cada vehículo y qué margen queda por viaje. Si una unidad necesita equipos demasiado caros, la economía del servicio tarda más en cuadrar.
El sistema de Waymo está pensado para absorber información de cámaras, lidar y radar en tiempo real. The Verge destaca que el vehículo Ojai incorpora 13 cámaras de alta fidelidad, además del resto de sensores necesarios para operar en entornos urbanos complejos. El ASIC se encarga de procesar datos brutos antes de que lleguen al ordenador principal de conducción, lo que ayuda a acelerar decisiones y reducir carga en la plataforma central.
La arquitectura se apoya en tres ideas: respuesta rápida, resistencia y redundancia. No son conceptos de marketing. Un robotaxi necesita interpretar peatones, ciclistas, obras, semáforos, vehículos de emergencia y cambios de luz en milisegundos. También debe mantener funcionamiento fiable con calor, vibración y uso intensivo. Y si un componente falla, el sistema debe conservar margen para detener el vehículo con seguridad.
La customización del chip apunta a una madurez del sector: las empresas líderes ya no pueden depender solo de piezas genéricas si quieren operar a gran escala. Tesla, Nvidia, Mobileye y Waymo han seguido distintos caminos, pero todos comparten una conclusión: la conducción autónoma exige hardware optimizado para percepción, planificación y eficiencia energética.
Waymo llega a este punto con una ventaja comercial importante. La compañía ya opera servicios de pago en varias ciudades de Estados Unidos y ha ido abriendo su nueva generación a más usuarios en Los Ángeles, Phoenix y San Francisco. Esa experiencia real alimenta un ciclo de mejora difícil de replicar para rivales sin flotas desplegadas. Cada kilómetro urbano ofrece casos extraños, interacciones humanas y señales de coste operativo.
El desafío sigue siendo la rentabilidad. Analistas citados por medios tecnológicos estiman que el hardware de un robotaxi todavía puede representar decenas de miles de dólares por vehículo, aunque el coste ha bajado respecto a generaciones anteriores. Además del coche, hay que sumar mantenimiento, limpieza, soporte remoto, seguros, regulación local y gestión de flota. La tecnología debe ser segura, pero también suficientemente barata para competir con transporte tradicional y conductores humanos.
Para Europa y España, el movimiento de Waymo deja una señal de fondo. La movilidad autónoma no avanzará solo por permisos de circulación o pruebas piloto. También dependerá de cadenas de suministro de chips, sensores, software embarcado y conectividad. Los fabricantes y proveedores que participen en esa capa pueden capturar valor incluso si no operan la aplicación final de robotaxi.
El nuevo chip de Waymo convierte la conducción autónoma en un problema industrial, no solo de inteligencia artificial. La empresa necesita demostrar que puede fabricar, mantener y actualizar miles de unidades con costes controlados. Si lo logra, la ventaja no será únicamente tener coches que conduzcan solos, sino una plataforma completa capaz de escalar ciudad por ciudad.
